Entre piojito y piojito

Los buenos partidos están casados y sólo quedan libres las sobras.

Hace algunos años me senté frente a esta misma página en blanco un tanto frustrada y otro tanto decepcionada por mi soltería.

Sí, me negaba a aceptarle al mundo que soñaba con enamorarme y ser amada. Me negaba con decir a viva voz ¡quiero un Cirilo sólo para mí!, me negaba a siquiera decirle a mi mejor amiga que ya estaba a punto de tirar la toalla en esa estresante búsqueda del amor.

Recordé mi niñez, cuando tooooodo era más fácil porque no me interesaba ser amada por un niño, es más, entre más lejos los pudiera tener, mejor.

Después recordé mi niñez más cercana a la adolescencia, cuando comenzaba a sentir maripositas con los niños que antes quería fuera de mi vista.

A mi memoria vinieron esos juegos como el piojito, que trataba de un papel doblado como origami en el que escribías diferentes opciones de nombres de chicos (y no recuerdo qué más cosas) el punto era que, tras hacer combinaciones, uno llegaba a la conclusión, por suerte o chanza, de quién sería el hombre de su vida.

Luego recordé mi adolescencia, cuando ingenuamente pensé que el amor sería fácil: llegaría un chico divino, me enamoraría y ¡voilá!, asunto arreglado; tendría Cirilo para siempre, así de fácil. Un poco menos simple que el piojito, pero bastante menos complejo que la realidad.

Los treintas se acercaban y no había piojito que valiera, ya no me acordaba ni cómo era el juego, pero sí me acordaba que el fin era descifrar el gran amor.

¡Bah! ¡Pamplinas! —diría el capitán Garfio—, nada funciona, los guapos son gays, los buenos partidos están casados y sólo quedan libres las sobras de quienes no le perdieron la fe al bendito piojito.

Mis opciones eran como un circo de mal gusto: batracios malolientes, pulgas sin ritmo, changos pelones y más de siete enanos creídos. Puros personajes de chiste en un drama de la vida real. No tenía protagonista, puros secundarios y yo, una princesa olvidada en el castillo (drama, drama, drama).

Hace unos cuantos días una querida amiga me llamó en ese mismo desconsuelo. Por lo menos ella tuvo el valor que yo no para aceptar que estaba entrando en desesperación y no quería ser esa Cirila: la mujer desesperada ¡qué oso! ¡gobiérnate, por amor a Dior!

Pero, obvio, no podía decirle eso porque olvidar que uno quiso ser amado es negar la realidad y eso sí que da más oso.

De hecho, aprecié la honestidad con la que mi amiga en estado de total decepción me pedía ayuda: ¿cómo le hiciste para encontrar el amor?

Hum… no tengo idea, simplemente pasó y de un día para otro pasé de ser la soltera que era, a la mujer casada que soy (obvio, no me casé de un día para otro, pero así se sintió). ¿¡Qué hago!? ¡Todos los guapos son gays, los buenos partidos están casados y lo que queda es un circo! —me sonaba conocido—…

Lo único cierto de encontrar el verdadero amor es que hay que dejar de buscar entre los gays o los casados, también entre los freaks. Probablemente la única enseñanza sensata del piojito es que en el amor, como en los circos, el acto está lleno de suertes, pero nunca sabrás cuándo terminará por sorprenderte la aparición de un gran amor.

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