Las muñecas son para las Cirilas

Las preferencias evolucionan con la edad, no se quedan en el camino.

¿Qué los Cirilos no juegan a las muñecas? No concuerdo mucho, porque he visto a muchos Cirilitos que les gustan las muñecas y no necesariamente es porque sean gays, de hecho, los homosexuales, no por obligación jugaron con muñecas.

Sin embargo, el que una niña juegue con muñecas y un niño prefiera los carritos, sí es cuestión de género, en la mayoría de los casos. Genéticamente estamos programados para que las mujeres traigamos con nosotras un bagaje maternal imposible de negar, mientras que ellos se sienten atraídos, más que por la maternidad, por las máquinas.

Hace unos días, me preguntaron: por qué será que las niñas gustamos de las muñecas. Mi respuesta automática fue que es biológico, o sea, que así somos, nada qué hacer. Necesitamos proteger, venimos con el gen mamá desde que llegamos al mundo. Mi contraparte alegó que eran roles sociales y que como las mujeres hemos sido enseñadas a jugar con muñecas, entonces todas las niñas juegan con muñecas.

Hum… pensé ¿será?, volví a pensar. No creo. Yo más bien creo que aunque algunas seamos menos maternales que otras, las mujeres siempre tendremos en nuestro abecedario genético la necesidad de acunar, de alimentar, de criar y proteger. Ellos, tendrán en su composición genética… ¿a los carritos?

El caso es que no sé por qué a ellos les gustan los carritos, porque no es como que genéticamente vinieran predispuestos a una máquina de transporte, por lo menos no como nosotras a la crianza. Es verdad que cuando la crisis de los 40 les llega, lo primero que buscan es un carrito, ¡gracias, Porsche!

Nosotras, a los 40 ya se nos acabaron las opciones de jugar con muñecas de verdad, o si no, por lo menos ya fuimos tachadas de eso. Así, muchas, en su crisis de los 40 juegan con muñecos que acaban de adquirir su propio paliativo: un carrito.

Después de todo no cambiamos mucho que digamos, ni nosotras dejamos de jugar con muñecos, ni ellos dejan de buscar carritos, lo cual nos dice que, en efecto, las preferencias sólo evolucionan con la edad, más no se quedan rezagadas en el camino.

Los seres humanos somos regidos por una reclinación genética. Existe el caso de un chico en Canadá, que de muy bebé le tuvieron que amputar su pene porque le realizaron una mala circuncisión —¡ouch! Por ello, como era tan bebé, los padres decidieron que lo criarían como una niña y le convirtieron su sexo a uno femenino —o séase, una jarocha a mitad de camino.

Con el tiempo, el chico creció como una chica pero resultó ser lesbiana. O sea, por más que lo hubieran criado como niña, lo hubieran llenado de hormonas para que fuera niña y su mamá le hubiera puesto cuanto tutú se encontró en Miguelito, el chamaco se enamoró de una mujer, dejó la ingesta de hormonas, se quitó los pechos postizos e hizo su vida como hombre, tras enterarse que no, no era lesbiana, sino un hombre confundido.

Así, por más que a una niña le quieras convertir en niño, o a un niño en niña —o a un niño en niño—, muy seguramente, la mujer escogerá jugar con muñecas aunque la obligues a que le gusten los carritos. Vas y te despistas y terminas viendo a tu chamaca arrullando a un hot wheels.

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