Al fin, viejos

Lo que tenemos los jóvenes es ausencia de sabiduría y exceso de ego.

Si hay algo por lo que siempre he tenido debilidad emocional es por los viejos. Los viejos encierran un montón de misterios y sabiduría que solamente en quien los escucha está disfrutar. Este mundo podrá ser de los jóvenes, pero también es de los viejos que ya van de salida y saben mucho más de lo que ahora consideramos sapiencia.

Nuestra visión occidental nos ha enseñado a no tener valor por los viejos. Los desechamos y les damos muerte en vida. Dejamos de escucharlos, de entenderlos, de aprender de ellos, sólo porque nos creemos con la batuta de la sabiduría entre las manos. ¡Bah! Lo que tenemos los jóvenes es ausencia de sabiduría y exceso de ego que nos hace creer que porque somos más ágiles y menos achacosos, entonces lo tenemos todo resuelto.

Cuando el cuerpo es joven, el alma también lo es. Por lo que cuando el cuerpo es viejo, el alma posee mágicos conocimientos.

Un viejo ya pasó por lo que uno está pasando, un viejo ya vivió y adquirió toda esa experiencia que ahora nosotros desperdiciamos por falta de paciencia. Si nos repiten la historia una y otra vez, probablemente no es porque se les olvide que ya nos la contaron, sino porque, como son viejos, saben que los jóvenes no escuchamos, y hay algo dentro de esa historia repetida que, probablemente, aquel viejo sabio, quiere que aprendas.

Los viejos caminan lento, no sólo porque su cuerpo no tiene la misma ligereza de la juventud, sino porque saben que las prisas no llevan a nada, que esta vida se vive mejor despacio, analizando cada paso y cuidando de no tropezar con la misma piedra del pasado.

Un viejo llora más que cuando estaba joven, no porque la vejez le dio por el sentimentalismo, sino porque ya no se avergüenza de sentir emoción, porque sabe que los momentos que a uno lo estremecen son para exprimirles todo el jugo y que llorar no es más que dejar que el alma hable a su manera.

Los viejos ya no tienen pena, ya no sufren de vergüenza de actuar como les nace. Un viejo sabe que la manera más sensata de vivir la vida es diciendo lo que se piensa y actuando en coherencia con ello. Un viejo sabe que es mejor ser auténtico que pasar una vida siendo quien no se es.

Hay muchos viejos a los que admiro, viejos que han sido parte de mi vida. Algunos de ellos ya no están en carne y cuerpo pero siguen en mi memoria, viviendo, trayendo maravillosos recuerdos de cuando los pude tener. Viejos que me contaron sus historias, que dejaron su huella en la mía, y viejos que aún siguen iluminando mi camino con su linterna de profunda luz.

Por eso me duele ver a un viejo abandonado, porque somos los jóvenes los que cargamos con la culpa de cada viejo solitario, de cada viejo desperdiciado, no escuchado. De cada viejo que le dimos por su lado y lo tachamos de “viejo” como si ser viejo fuera un padecimiento.

No nos damos cuenta de que cada día, cada paso que damos, la vida nos da esa oportunidad maravillosa, ese don increíble de convertirnos en viejos, de teñir la cabeza de plateado y de decorar nuestros ojos con arrugas. De repetir nuestras historias una y otra vez porque eso es lo que nos hará lo que somos.

La vida nos permite, ahora que estamos jóvenes, colectar todas las historias que en unos años estaremos repitiendo a los jóvenes que vienen detrás y que nos tacharán de achacosos y de repetitivos. Así, los veremos tropezar con esas piedras que nosotros mismos ya vimos antes de que, siquiera, aparezcan en su camino.

Al fin jóvenes… al fin viejos…

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