¡Hasta miedo da la frase! Uno siente que si hace un contrato prenupcial entonces es porque, de entrada, ya le están apostando al divorcio y como si fuera poco, quien te lo pide desconfía de ti; o sea, para recapitular: tu espos@ en potencia piensa que eres un oportunista que se quiere quedar con sus tiliches.
Pero no. La verdad es que hay que dejar de ser drama queens y ver las cosas desde una óptica más práctica. Cuántos matrimonios ve uno que se casaron completa y estúpidamente enamorados y al tiempo se terminan odiando, quitándose los calzones y peleando hasta por una silla.
Un contrato prematrimonial es un “por si las moscas”, porque es imposible saber si a tu príncipe no le da por volverse a convertir en sapo y tú terminas con tu patrimonio construido a punta de arduo trabajo reducido a la mitad, si te va bien.
Casos se ven de mujeres (aunque también en hombres) caza fortunas que nada más andan detrás de un patrimonio a la fácil —digo, si se puede calificar de fácil acostarse con un viejito que ya tiene la lápida pegada del trasero, pero esa es otra historia— y sobre todo, cuando las personas ya tienen hijos, pues no queda de otra más que proteger lo que es de ellos y no ponerse de pechito para quedar en la ruina.
Hoy en día, ya no nos casamos tan jóvenes como para no tener nada construido, y se vale proteger por lo que te has roto el lomo tu vida adulta. Si la otra persona verdaderamente te ama, lo va a entender y nada más les digo que quien se enoja por eso, puede dejar mucho qué desear.
El problema es que vemos el contrato pre matrimonial como si fuera el coco por todo lo que conlleva. En realidad deberíamos bajarle la espuma al chocolate y comprender que un matrimonio es un contrato en el que hay cláusulas, y dicho acuerdo es una más de las clausulas.
Lo que sí es justo es que a partir de que dan el sí en el altar y ante el juez civil, las cosas ya sean para los dos, porque no se vale construir cosas juntos, tener logros en pareja y después que lo tuyo es tuyo y lo mío es tuyo.
Debido a que este tema es tan sensible, es importante que la pareja se reúna al hablarlo antes de redactarlo o de poner al otro en la vergonzosa posición de agarrar una pluma y firmar, así de sorpresa.
El acuerdo en sí causa incomodidad porque es cero romántico, pero puede generar traumas en la relación si no se habla de ello y se llega, una hora antes de la boda a exigir que la otra persona firme, o peor aún, mandar a alguien con esa bomba redactada en una hoja de papel y esperar que el otro o la otra no llegue al altar con un sabor amargo en la boca.
El acuerdo prenupcial es de la pareja, no de los suegros ni de los hijos, mucho menos de la ex mujer. Así que sáquenlos del paquete, no hay “es que mi mamá dice” que valga. Uno toma la decisión porque desea protegerse y proteger a su pareja, para que ambos sepan que ese paso no se está dando por beneficios económicos sino por amor y que, no importa cuán mal puedan acabar las cosas, cada uno tiene el chance de rescatar, por lo menos, con lo que llegó.
Por eso, en pareja es que deciden qué va a cuidar cada quien, qué va a aportar cada quien y cuáles serán los términos prematrimoniales y postmatrimoniales con respecto a la partición de un patrimonio en caso que la muerte del amor se les adelante.
Cuentas claras, chocolate espeso; dicen por mi pueblo.
www.twitter.com/AlasdeOrquidea
