¿Qué fin tendrá esta pesadilla?

Hoy, por desgracia, entre más aparatoso sea el conflicto y más estridentes los modos con los que el gobernante y los suyos tratan al otro, mejor quedarán con sus clientelas —piensan—, aun cuando el daño al país y a su economía genere un alto costo.

Una de las áreas más difíciles —por razones obvias— de la prospectiva política, es la que elabora escenarios que pronosticarían el desenlace —en un país—, de una situación política que se degrada a una velocidad pocas veces imaginada. Si bien no faltan los que afirman que México no está cerca de una situación como ésa, difiero de ellos.

Los signos de autoritarismo que vemos en los tiempos que corren los cuales, ¿podría alguien negar o maquillarlos?, dejan poco espacio para la ilusión propia de los ingenuos y/o los panegiristas oficiales y oficiosos; por el contrario, los que ante lo que ven y padecen aquí y ahora, consideran obligado pensar en el posible desenlace a que podría conducirnos lo que parece imposible de rectificar por parte del gobernante y los suyos.

El ambiente rijoso, creado y estimulado por las actitudes pendencieras de quienes deberían (gobernantes, legisladores, funcionarios y dirigentes partidarios) ser ejemplo de conciliación y discusión respetuosa con los adversarios, es el caldo de cultivo donde se nutre la conducta de los cercanos e incondicionales hasta la ignominia para que, más papistas que el propio Papa, lleven la rijosidad a niveles del bravero de cantina.

¿Con quién no se han peleado? ¿A qué grupo de la sociedad no han considerado adversario de peligro y lo han cubierto de ofensas y burlas? ¿Quién les queda hoy sin insultar, o tratar despectivamente? ¿Qué leyes les faltaría por dejar de lado? ¿Acaso las únicas incólumes son las Leyes de Newton?

Ni en el final del sexenio de Echeverría vi un ambiente de enfrentamiento abierto entre él y los suyos y los grupos no afines a su visión, similar al que hoy vemos y padecemos; es más, con aquél, dichos enfrentamientos se dieron —como digo—, casi al final de su encargo, no desde su toma de posesión, tal y como hoy sucede.

En los tiempos actuales, hay políticos que disfrutan el enfrentamiento; otros, de carecer de adversarios, provocan e insultan para tenerlos. Si revisáremos la historia en América Latina de estos últimos 50 o 60 años, veríamos que el ejemplo de los Castro y su grupo ha cundido; los más recientes: los Kirchner, Ortega, Chávez y Maduro y Morales, entre otros.

México, difícilmente podía haberse excluido de esa forma de hacer política; Echeverría y López Portillo la llevaron a la práctica y antes que ellos, ¿cómo olvidar aquello de “las ideas exóticas”? Quienes así actuaron, no ofrecieron buenas cuentas y sí, las evidencias ahí están, pésimos resultados cuando no crisis económicas y/o políticas.

Sin embargo, también hemos tenido presidentes que, por encima de dificultades y presiones, no perdieron la prudencia y la sensatez; entendieron la importancia —para lograr una buena gobernación— de no menospreciar la fuerza de la realidad y menos aún, jamás quisieron inventar otra para evadir la que estaba frente a ellos, y no dudaron en tomar decisiones impopulares y dolorosas, pero correctas e imperativas.

Presidentes como De la Madrid y Zedillo por citar a dos que gobernaron en tiempos difíciles, tuvieron enfrentamientos con grupos diversos y con personajes políticos y/o empresariales; sin embargo, por más difícil que hayan sido las relaciones entre aquellos y sus adversarios, el acomodo y el respeto al diverso fue la salida al diferendo.

Hoy, por desgracia, entre más aparatoso sea el conflicto y más estridentes los modos con los que el gobernante y los suyos tratan al otro, mejor quedarán con sus clientelas —piensan—, aun cuando el daño al país y a su economía genere un alto costo en lo político y lo económico. Poco importa que las más de las veces, el adversario contra el que se lanzan, en realidad no lo sea; lo que importa es vender una imagen de justicieros y valientes ante sus babeantes seguidores.

Dado el ambiente tenso creado estos meses, ¿qué desenlace esperar, una rectificación profunda? Por el contrario, ¿acaso lo que veremos y padeceremos será el agravamiento del enfrentamiento con los adversarios, reales o inventados? Soy de los que ven ésta última opción como la conducta que normará la acción del actual gobierno.

Si aceptare usted —como yo—, que lo visto y padecido es una pesadilla, ¿dónde y cómo terminaría? De revisar experiencias más o menos similares de algunos países de América Latina, ¿pensaría usted que la gobernación actual desembocará, inevitablemente, en la conocida solución de fuerza, autoritaria?

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