La ciudad invisible

Castillos, arqueros, jinetes y soldados, todos puestos allí por la mano de la noche.

A Daniela Sclavo

Sentado sobre grandes cojines de sedas doradas y rojas, el cuerpo enorme y pesado del guerrero viejo movía con firmeza una de las piezas de un tablero que simulaba el mundo. Castillos, arqueros, jinetes y soldados, todos puestos allí por la mano de la noche primigenia, defendían con su vida un pequeño cuadrado, el pedazo de aire y tierra en donde cada uno hilaba su universo efímero.

–Me has contado sobre ciudades que me pertenecen, pero que nunca veré, veneciano. Has declinado participar en el juego que te propuse donde yo imaginaría una ciudad y tú deberías encontrarla en mi reino infinito. Me solazas con construcciones fantásticas, sin embargo, sabes que mis dominios se pudren. Y, por más que te obligue a hablarme de tu Venecia, esquivas la orden, dices que deseas que las palabras no fijen su recuerdo y se la lleven por siempre.

Marco Polo observaba con detenimiento esos sesenta y cuatro escaques que delimitaban de manera burlona su porvenir. Ataviado elegantemente y recostado en una de las salas del palacio del kan, en la capital alterna del imperio mongol, Kambaliq, pensaba en brumosos canales azules.

–Disculpadme, mi señor. Si el recuerdo se pierde, ¿qué me quedará de Venecia? Quizá este cuerpo que veis, estos ojos redondos que alcanzaron a tocar piedras mohosas, aguas saladas, mosaicos y leones de catedrales. Un hombre sin recuerdos es un mar sin agua.

Kublai, sabiendo ya su jugada, exhaló humo. Vació su cuenco de kéfir y se recostó mirando al techo, aburrido.

–Bien, Marco. Quiero hacer otro juego. Cuéntame de una ciudad que nunca existirá, que jamás se edificará en mi reino o en cualquier otro, y para no robarte los retazos evocadores de tu Venecia, que sea diferente en todo a ella.

–Lo que me pedís lo hará un hombre de una patria que incluirá la mía, nacido en tierras aún ignotas que serán descubiertas por el único imperio que rivalizará con el suyo, sire. No me obliguéis a robar.

–Entonces inventa la última ciudad. ¿Cómo sería esa tierra desahuciada?

–Habrá una ciudad nacida sobre agua dulce. Nómadas provenientes del Norte harán caso al presagio del dinosaurio alado para fundarla. Destruirán la vida local, árboles y animales serán asesinados. Cubrirán sus pisos con alfombras, mas no como las suyas, mullidas y coloreadas, mi señor, éstas serán grises, duras. La arquitectura evolucionará hasta llegar a cajas altísimas, ni bellas ni funcionales, donde sus habitantes se hacinarán. Sobre los tapetes cenicientos no trotarán caballos, ni vida alguna, vuestros jinetes no hallarían allí la libertad. En su lugar se viajará sobre furiosos dragones muertos, alimentados con hidromiel obtenido de infinidad de vertederos, parecidos al árbol de la plata en Karakórum. La venganza de los reptiles y de las plantas fosilizados expelerá neblumo a los aires haciéndola invisible. Su población tendrá los pulmones y el entendimiento tapados, mientras se arrastra por horas en distancias mínimas.

–¡Qué clase de gente forjaría tal engendro! ¿Y su nombre?

–A manera de ataúd cristiano llevará en él una cruz, aunque girada como su destino.

Debido a compromisos ineludibles, nos leeremos hasta septiembre.

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