Cuando Frankenstein se enamoró del Quijote
El caos nos demuestra que el guión ya existe, que el libre albedrío es una ilusión, un opio para el desesperanzado o para el necio.
¿La suerte está forjada o no? En Grecia se transitó por tragedias donde el hombre debía soportar, cual Prometeo, estoicamente su hado, donde luchaba sin éxito contra él y en las que lo construía con sus acciones; sin embargo, los oráculos persistieron incólumes. El caos nos demuestra que el guión ya existe, que el libre albedrío es una ilusión, un opio para el desesperanzado o para el necio. Caos, a diferencia de las deidades, es muy cruel, porque es indiferente e impredecible. De nada sirven sacrificios o buenas acciones. Cada quien acabará en el lugar que deba según leyes y configuraciones universales. Aristóteles afirmaba que el destino de cada uno de nosotros estaba determinado, pero el cruce entre estas cadenas causales no. Quizá esta incoherencia, donde deja que se cuele ambrosía de libertad, es el aullido de su esperanza clamando por un Deus ex machina, al estilo de Eurípides, que lo libere del yugo de la causalidad.
Sevilla, 1597. Encarcelado, un personaje de mano izquierda tullida escribe lo que será el libro más traducido e influyente de la literatura occidental. Otro loco ensoñado, deambula por el mundo sobre un rocín, acompañado por su fiel escudero, y en el día más hermoso de sus vidas lucharán contra injustos… molinos.
Sumbawa, Indonesia, 1815. Tambora, volcán con una altitud de cuatro mil 300 metros sobre el nivel del mar, está indigesto por la cantidad enorme de magma que ha tragado durante décadas. Estalla con un índice de explosividad volcánica de siete —lo máximo es ocho—, recordándonos que la estabilidad de los sistemas es sólo transitoria. Que estamos a merced de eventos impredecibles y letales. La lava y los piroclastos asesinan a cualquier especie que se topan. La Pompeya asiática queda inerme. Pero no sólo devasta lo inmediato, maremotos chocan contra costas lejanas y la columna de cenizas y humo se esparce por la Tierra. El guiño a la supuesta extinción de los dinosaurios le robará el verano al año siguiente.
Suiza, 1816. Bajo un cielo plomizo, lord Byron recibe a unos amigos en su residencia. El inglés, aburrido por la ausencia de sol, reta a Percy Shelley y esposa, Mary Shelley, y a su médico, John Polidori, a un concurso de historias de fantasmas. Se resucitará un clásico monstruo gracias a un amago de Byron retomado por Polidori. La novela El vampiro alza el vuelo frente a lagos suizos. Mary, enterada de experimentos con electricidad para resucitar muertos, teje la historia del Dr. Frankenstein y su engendro remendado y vivificado. Mary trabaja durante el día, en las veladas, su esposo lee a la congregación Don Quijote. La mujer queda enamorada del Caballero de la triste figura y del mismo Cervantes, tanto, que aprende español y cuatro años después devora el original. Al terminar Frankenstein o el moderno Prometeo, la impronta cervantina queda manifiesta en la técnica con la cual narra la obra. Además, allí recrea una historia quijotesca y hace una referencia a Sancho Panza: “todo debe tener su inicio”.
Si la naturaleza de los accidentes aristotélicos no es al azar, sino caótica, lo dejaremos para luego. Mientras, disfrutemos de estas deliciosas confluencias eternas.
