La pasiflora y el heliconio (II)

Hoy, después de nacer, las golosas larvas devoran su pesebre, luego se dirigen hacia el tallo para tragar más, pero son detenidas.

Las poblaciones de pasifloras se hallaban en apuros. Les había salido el tiro por la culata al fabricar el veneno. Los heliconios reconocían sus flores por apariencias y coloridos, ya identificadas, se lanzaban a comer néctar y polen. Saciados, retomaban los aires y las hembras rastreaban las hojas de la planta para depositar sus huevecillos. Las pasifloras necesitaban que las mariposas descubrieran sus flores para que las polinizaran, pero, además, debían evitar que hallaran las zonas donde efectuar la puesta. En sus diferentes poblaciones empezaron a deformar las hojas, a cambiar de apariencia: las primeras modificaciones las dejaron largas como agujas o anchas como troncos. Con el paso de las generaciones la diversidad foliar tuvo un bum impresionante. Las más extrañas son aquellas que parecen conformadas por la unión de tres partes, recortando un perfil similar a la del arce, árbol nacional del Canadá, aunque con contornos redondeados y no zigzagueantes. O esas otras con perfil de media luna mauritana con un pequeño ápice en el centro. El fenómeno volvió locos a los heliconios, quienes confiados se nutrían, y cuando alzaban vuelo para ir a las hojas pasiflóreas encontraban con que no existían tales por más que volaran incansables.

El problema nuevamente recaía en la cancha de los heliconios. Las hojudas se transformaban en fantasmas, se camuflaban. Por fortuna, algunas madres lograron registrarlas, o quizá nada más pusieron sus huevos en las hojas cercanas a las flores. Devuelta la pelota evolutiva. Sin embargo, la variación biológica, que da la sensación de inagotable, produjo ciertas alteraciones útiles. Cuando una mariposa investiga dónde engendrar, revisa concienzudamente si la lámina está libre de huevos. En caso de que los note, nunca pondrá los suyos en ella y continuará su búsqueda hasta divisar una libre. Esta conducta también es válida si detecta larvas. Dicha pauta puede ser usada en su contra de la misma forma que ellas hicieron con el cianuro. Si las hojas surgen manchadas naturalmente, digamos con pecas, o si presentan protuberancias asemejando siluetas de larvas, las mariposas no ovarán allí y la planta las habrá engañado. Eso pasó en las poblaciones de las pasifloras a lo largo de sus generaciones. Ahora los insectos revoloteaban y veían ocupados todos los sitios potenciales para albergar sus huevos… hasta que, de nuevo, una hembra avispada o desesperada ovó en las hojas truculentas. Una vez más tomaron la delantera los insectos. Los vegetales no quedaron inermes y desarrollaron una característica drástica y mortal. Aparecieron tricomas uncinados, ganchos en cristiano, sobre los pecíolos. Hoy, después de nacer, las golosas larvas devoran su pesebre, luego se dirigen hacia el tallo para tragar más, pero son detenidas por este tipo de pincha neumáticos verde muriendo atravesadas.

Este cuento de nunca acabar, donde los seres vivos están obligados a adaptarse continuamente a las condiciones de su entorno de manera antagonista, es la hipótesis de la Reina Roja, dama que gobierna un país en la que uno debe correr siempre para permanecer en el mismo lugar. Camarón que se duerme...

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