La pasiflora y el heliconio (I)
Los misionersos españoles relacionan la pasiflora con la Pasión de Cristo por varias de sus características.
Las pasifloras son unas plantas americanas, aunque hay unos pocos ejemplares en Asia, Australia y Oceanía. Casi siempre son lianas de varios metros de altura. Su nombre no proviene del deseo amoroso o carnal, sino de la devoción a Jesús. Los misioneros españoles las relacionaron con la Pasión de Cristo por varias de sus características.
Los zarcillos que poseen, con los cuales se sujetan rápidamente de cualquier elemento para trepar, simbolizan el flagelo castigador. La espectacular corona de filamentos, coloreada profusamente de tonos diversos y electrizantes, es la diadema espinosa del hombre crucificado. No hay que confundirla con la zona de pétalos que se encuentra más abajo.
El gineceo, elemento central de la flor, tiene forma de cruz con tres clavos. Finalmente, en sus pecíolos, allí donde se unen las hojas con los tallos, secretan gotas de néctar, que al brillar a contraluz recuerdan las monedas de plata. ¡Todo el pasaje religioso sintetizado en una flor!
Los heliconios son un género colorido y rico de mariposas. Habitan en las regiones subtropicales del Nuevo Mundo, las mismas que las pasifloras. Generalmente tienen tintes azules, negros, amarillos, anaranjados y rojos. Al ser mariposas, transitan por una fase de oruga durante su desarrollo. Como cohabitan pasifloras y heliconios desde hace mucho tiempo, se han relacionado de maneras diferentes e interesantes.
Cuenta la ciencia que en un principio, cuando se conocieron, los insectos tomaban el néctar y el polen de las plantas y, sin darse cuenta, las polinizaban. Esa relación recibe el nombre de mutualista porque ambos organismos se benefician. Pasó el tiempo, y de repente a alguna madre voladora, quién sabe si por floja o lista, se le ocurrió ovar sobre la pasiflora en la que comía, en lugar de la especie vegetal donde lo hacía cotidianamente.
Los huevos eclosionaron y salieron larvas glotonas a devorar hojas, a morder la mano verde de quien había alimentado a su mamá. Dado que la modificación fue genial, la descendencia de esta individua predominó en la población, convirtiéndose en la manera típica de actuar de las hembras lepidópteros.
El suceso no convino a las pasifloras, parte de la relación armoniosa se había convertido en enemistad, en antagonismo. Súbitamente, una de ellas produjo cianuro en sus hojas, ocasionando que las larvas murieran por la ingesta del veneno. Este caso fue fenomenal, ya que mataba a los bebés tragones sin afectar el vínculo conveniente de la polinización y, al paso de las generaciones, sus hijos se hicieron más y más comunes en la población hasta conformar la totalidad. Ahora los heliconios tenían el problema de salvar a sus vástagos de morir envenenados. Se dio el caso afortunado que ciertas larvas no fallecieron.
Al convertirse en adultos y reproducirse pasaron esta resistencia a su progenie, y como era de esperarse, se multiplicaron. La población de heliconios se reía del cianuro, lo asimilaba. Le servía para defenderse de sus depredadores. Los pájaros que se alimentaban de ellos dejaron de hacerlo debido a su toxicidad. Las armas de las pasifloras se habían vuelto en su contra dramáticamente.
