Sinestesia
Los martes me saben más a mango, similar a los jueves, aunque estos últimos tienen animosos acentos de cítricos: naranjas y mandarinas.
Es sábado. Día delicioso, sabe a queso curado, de esos elaborados a partir de leche de oveja manchega. Además de su sabor fuerte y seco, pero grasoso, se posiciona siempre delante, a diferencia de los lunes que caminan conmigo a mi izquierda, o los domingos que quedan generalmente a mi espalda. Por eso amo los sábados. Los martes me saben más a mango, similar a los jueves, aunque estos últimos tienen animosos acentos de cítricos: naranjas y mandarinas. Los miércoles son lechosos. Es hora de ir al súper para comprar los ingredientes de la comida. Invité a una amiga de aura atractiva a comer, cuyo nombre huele a gardenia acerada y se siente suave, a metal pulido. No soy un cocinero diestro, mi limitación estriba en la indomable necesidad de catar todos los sonidos de los alimentos mientras frío y sazono. Lo cual genera dos cosas, la primera, que acabe indigesto, y la segunda, que nunca alcancen las raciones.
Trepo al auto, lo enciendo y acelero. Sé que puedo circular porque tengo calcomanía sabor azafrán. Mientras espero en un alto, echo una mirada a los automóviles circundantes, es fácil ver quiénes no circulan hoy. Hay terminaciones en siete rojo, en cinco anaranjado, pero los ceros y los unos violetas no aparecen. En minutos ya estoy en los pasillos leyendo la lista de lo que necesito. Como prometí un espagueti, me lanzo a la sección de frutas y verduras. Comienza la sinfonía, pasan alcachofas, lechugas, espinacas, todas ellas son violines suaves, el adagio de las verduras permanece por un buen rato, de repente, el poro arremete con sonoridades de vientos, trompetas entran en armonía. Para cuando llego a donde se encuentran los tomates, la orquesta ya ejercita íntegra sus matices, duraznos y chabacanos suenan como arpas, aparece un gran coco que retumba con timbales y la tuba anuncia melones y papayas. Un kiwi fagot se oye a lo lejos. Los cornos limones anuncian el fin. Cuando la melodía es excepcional, debida al orden de frutos y hortalizas, recorro varias veces el pasillo, en ocasiones, lo hago empezando por el final. Recuerdo una vez que pasé por la zona de pescados y mariscos y la pieza era exquisita; el acomodo consistía de angulas y vieiras, rematado con unas robustas notas de navajas. El pescadero, de aura recia, no hacía más que preguntarme si deseaba algo, yo contestaba que no, que sólo oía música acuática de animales marinos. No volvió a hablarme. —Lo que hace el LSD—, murmuró. Un día pusieron cangrejos y jaibas entremezclados con almejas, de tal forma que la composición era igual si me movía de derecha a izquierda que al revés. Les sonreí a todos esos crustáceos bachianos por el guiño barroco.
Llego a casa y cocino rápidamente. Mi invitada llega puntual. –¡Hola!–, dice, y yo río, los “holas” me dan cosquillas; los “entonces” me saben amargos. Comemos y nos lanzamos al concierto sabatino nocturno. Escuchamos Cuadros de una exposición. Esta suite me fascina por el manejo perfecto de los azules y los tonos ocres puestos en los momentos precisos; sin embargo, me hubiera gustado más amarillo y morado, quizá un cian, mesurado, sin llegar al agridulce.
Sinestesia, del griego syn, unión, y aísthesis, sensación.
