La parvada de Turangalîla
Ese hilo causal de encendidos y apagados de luces y noches continuará, o no, hasta un instante desconocido.
Según algunas interpretaciones de la física, vivimos en uno de tantos universos, tal vez cohabitemos con otros, seguramente este cosmos ha sido precedido por linajes ancestrales de creaciones y destrucciones. Ese hilo causal de encendidos y apagados de luces y noches continuará, o no, hasta un instante desconocido, inasible por las estrellas mentales. Surgimiento y desaparición son tan evidentes que las hemos inmortalizado en cuentos fantásticos con personajes semihumanos para decir historias que nunca conoceremos. Las moiras, parcas o nornas son las tres mujeres, quizá brujas, quizá diosas, que se consagran a definir la fortuna de todos. Cloto la hila, Láquesis analiza la línea y marca el fin, y Átropos decide el cómo se fenece y da el corte final con sus tijeras. Así son, implacables, incluso los dioses las temen. Para asuntos con dimensiones inconcebibles ceden sus credenciales a la trimurti: Brahmá crea el universo, Visnú lo cuida y, finalmente, Shiva lo destruye. Las sucesiones se van dando al ritmo de granos de arena precipitándose por un agujero, el caos primigenio, imparables, cuya celeridad neurótica aviva nervios y corazones humanos. Este caballo corre veloz e incansable azuzado por estos tríos de deidades veleidosas. El filtro no puede ser más que la alegría y el amor; sin embargo, no hacia su manifestación simple, optimista y cursi, alejado del poder de la predestinación, del canon cosmológico. No a esa mirada de “alegría respetable y tranquilamente eufórica de algún buen hombre”, asegura el compositor y ornitólogo francés Olivier Messiaen, “sino como aquélla sólo concebida por alguien que la vislumbró en medio de la tristeza”.
Turangalîla nos lleva a recorrer todo ese ciclo sideral en hora y media, arremeten los cantos de amor desbordado, implacable y cegador cuando las estrellas gozan de la sangre. Messiaen, construye una sinfonía vital, valiéndose de una gama excéntrica de sonidos, incluso de instrumentos donde destacan las ondas Martenot, aparato electrónico inventado en 1928, cuyo teclado y amplificadores viajan por escenarios estelares, ambientes galácticos que nos distancian de la Tierra, evocando paraísos soñados como promesas del destino final. El galo se regodea cual Cloto, hilando múltiples personajes rítmicos aéreos, y así, la pieza queda inundada por nubes de volátiles, donde él mismo configura el estambre, para, por fin, dar la dentellada fatal de Átropos a cada uno. El impulso de creación humana es un espejismo, una copia, no surge de la nada, cada elemento, cada tonalidad, ritmo y volumen ya estaban hechas. Los pájaros lo han fabricado todo, asegura Messiaen y se declara su alumno. Siendo ajeno al lenguaje emplumado cualquiera pensaría que exagera embriagado por los licores de Turangalîla, pero no, las aves canoras son maestras en el arte musical, no necesitan de partituras, signos u otra abstracción matemática del sonido. Una diva es el ave lira, quien imita desde primos hasta un tenor, pasando por los ruidos de una cámara fotográfica y de una bocina (https://www.youtube.com/watch?v=YT9b2IBAwgA).
Los bardos voladores cantarán mientras el corcel galope sobre Arrakis.
