¡Ehhhhh, putos!

Aseguran que no es ofensivo, son simplemente ganas de echar desmadre, rebeldía, vamos, es cultural...

Pues sí. Era inevitable. Volvió a aparecer el grito patán en los estadios. Ahora fue en la Copa América. El sábado, en el partido entre Chile y México, cuando Claudio Bravo hacía los saques de meta, se escuchaba el ya famoso ¡ehhhhh, puto! Gracias a la abrumadora ineptitud de la escuadra mexicana, el portero chileno fue insultado en escasas ocasiones. Tan poco se le requirió, que bien podría haber contestado sus mensajes con el teléfono móvil mientras se bebía una piña colada. Más allá del análisis balompédico, innecesario en este caso, el resultado de siete a cero detonó el petardo de la idiosincrasia mexicana.

Desde hace unos años, la FIFA ha llamado la atención a la FMF para que realice una campaña donde se convenza o se prohíba a los aficionados entonar ese canto. Al no haber respuesta, se le ha multado un par de veces, la última con 352 mil 400 dólares. Cabe resaltar que existen otros países con sanciones similares (Croacia, Chile, Paraguay), porque el mexicano tiene un complejo paranoico donde cree que es al único que se le persigue.

El asunto se ha discutido en los medios del país y han salido a relucir las lindezas del colectivo nacional. A una parte no menor de la población, le parece injustificable la erradicación del clamor. Aseguran que el decir puto no es ofensivo, son simplemente ganas de echar desmadre, rebeldía, vamos, es cultural, y entonces debe hasta defenderse esa identidad. Dudo que al cantarle a Memo Ochoa hayan pensado eso. Sin duda se levantan por la mañana diciéndole a su esposa “¡Buenos días, mi puta linda!”; despiden a sus hijitos en la escuela con un “¡Nos vemos, putitos!”; el 10 de mayo celebran a su puta madre; y, en sus juntas de trabajo, la bienvenida protocolaria típica es un: “¿Cómo le ha ido, don puto?”, claro, hablando de usted, hay que tener educación. ¡Ah, que país tan pintoresco!

Si se aísla la palabra es posible apreciar el tema como una nimiedad de pipa y guante; sin embargo, la dinámica de estos ensambles dice una cosa diferente. La voz tetralítera mencionada de forma esporádica en un estadio no pasa de ser un sonido vulgar, una estridencia. No obstante, ciertos sistemas físicos y biológicos muestran criticidad autoorganizada, lo cual significa que la simple acumulación de elementos con el tiempo generará resultados catastróficos. Un grano de arena puesto sobre un montículo cuyas propiedades han llegado al umbral de la avalancha producirá un alud desastroso. Igual que un “puto” de más en un coso atestado por miles de fanáticos donde se deambula peligrosamente cerca de la frontera crítica. Cuatro letras, funcionando como granos en un reloj de arena, pueden traspasar el límite y sacar al sistema de su punto de equilibrio, llevándolo a otro no sin antes sufrir un acomodo severo.

Esta dinámica se ha estudiado en los sistemas sociales con resultados estremecedores. Es factible que un ama de casa, una niñita de diez años y un ancianito de 80, ayuden a linchar a un individuo. Si la turba se autoorganiza, este comportamiento deja de ser simplemente temperamento tropical folclórico. La buena educación, la cultura y el refinamiento no son valores frívolos, ni acientíficos.

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