Más negro que la noche

Existe un material capaz de funcionar casi como un hoyo negro: el ANTAV, que absorbe 99.965% de la luz que recibe.

Sólo bastaba procurar a Béquer. Tenerlo mimado hasta el fin de sus días. Un gato negro no es carga alguna, eso lo sabe cualquiera que haya poseído micifuces del color que sean. Quizá los negros tienen la desgracia de no ser vistos en la noche por las máquinas de cuatro llantas, lo que ocasiona muchas de las pérdidas de sus vidas, y eso que poseen siete. Así lo viví con el mío, Félix. Cuando Ofelia (Claudia Islas) hereda de su tía Susana (Tamara Garina) la gran casona, el único requerimiento que hace la vieja es que se cuide a su minino azabache, Béquer. Por lo demás, la mansión será absolutamente suya. Eso dice el testamento. Al adir, Ofelia quiere conocer la casa y decide ir con tres amigas a pasar un fin de semana: Aurora (Susana Dosamantes), Pilar (Helena Rojo) y Marta (Lucía Méndez). El ama de llaves, Sofía (Alicia Palacios), le da los pormenores, sobre todo le introduce a Béquer. Hasta allí todo fluye. Sin embargo, el canario de Aurora aparece muerto. El juicio y el veredicto se dan ipso facto, el gato es el culpable. La chica ofendida y una cómplice van en su búsqueda y lo mandan a ultratumba utilizando otro gato, en este caso, el de la chimenea. Desde ese momento, las damiselas quedarán atrapadas en los recovecos de un espacio del cual no saldrán jamás. En Más negro que la noche (1975), película de Carlos Enrique Taboada, clásico de terror del cine mexicano, penosamente refreída, se detalla el hado de estas cuatro mujeres en un ambiente gótico, asfixiante, inacabable. Los claroscuros tan socorridos en este tipo de historias son básicos, ilustrar un volumen negro, tan negro que proyecte la profundidad, es el elemento primigenio del horror. El abismo insondable. Ese que nos remira.

Simular el hueco eterno no es fácil, porque se necesita crear la apariencia de que todo cae por allí, absolutamente todo, hasta la iluminación. Esa máscara es intrincada. En el universo existen sitios así. Los hoyos negros son puntos en los cuales, gracias a su infinita masa, con hambre sempiterna, succionan cualquier cosa, nada escapa a sus campos gravitatorios, ni la luz. Por eso se llaman negros, chupan y chupan materia y ondas continuamente.

Por más que se tiña algo de sable, la naturaleza de la pintura reflejará cierta fracción de luz, el albedo, evitando el efecto de vacío absoluto. Existe un material capaz de funcionar casi como un hoyo negro: el ANTAV (Arreglo de NanoTubos Alineados Verticalmente, o VANTA, por su sigla en inglés), que absorbe 99.965% de la luz que recibe. No lo hace por medio de gravedad, sino de una configuración especial de cilindros de carbono diminutos. Cuando la luz penetra en la substancia, se queda rebotando por las innumerables habitaciones de la pintura, de aquí para allá, y más allá. A la larga, la onda electromagnética visible se cansará y convertirá en calor, disipándose cual pasión muerta, pero nunca como reflejo. Uno de los principales usos del ANTAV se da en el recubrimiento interno de los telescopios, donde los rebotes del brillo sideral son indeseables debido a que provocan una fuente ficticia y ruidosa de luminosidad. En el arte, Anish Kapoor es su amo, compró los derechos para usarlo.

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