Los arteros

La sensación con la que uno se queda al abandonar una tienda Mac y el MUAC es idéntica, en el mejor de los casos

Hace días, una amiga, a la que apodo Manzanita, me pidió ayuda, necesitaba comprar una computadora y un televisor nuevos porque los suyos estaban algo pasados de moda, digamos que ya no eran tan inteligentes. El asunto del dinero no era una limitante, por eso la llevé a una sucursal de la Bang & Olufsen, el non plus ultra del diseño electrónico, comprar un aparato allí asemeja mucho el adquirir un saco en una sastrería de abolengo en Milán. Luego recorrimos establecimientos más terrenales. Visitamos el de Mac, marca venerada por mucha gente que imagina los productos de la manzana mordida como insuperables y generadoras de un estatus envidiable. En sus salas de demostración, diáfanas, minimalistas y amplias, aparecen ordenados estratégicamente los artefactos. Siempre hay fichas técnicas que registran las especificaciones del modelo cercano. Apreciamos unos videos magníficos donde nos hicieron sentir que estábamos inmersos en el mar, parados en paisajes futuristas irreales o en la selva, rodeados por animales exóticos, cuyos ojos amenazadores nos acosaban. Combatimos a decenas de extraterrestres que nos acecharon en las pantallas planas y curvas de altas resoluciones. Contemplamos fotos con calidades finísimas. Al final, Manzanita se hizo de una computadora anoréxica, vista de lado, es una crepa.

Semanas después, acompañé a otra amiga a ver unas exposiciones en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM. La exhibición principal se denominaba Pseudomatismos, del mexicano Rafael Lozano-Hemmer. Fuimos recibidos por un armatoste que circulaba el aire de su interior. Nada diferente a un sistema de aire acondicionado. A continuación se presentaba una colección ordenada de altavoces, al acercarse, cada uno vertía el himno nacional de un país, generando un barullo ensordecedor. Pasamos al lado de varios televisores, en todos fuimos observados celosamente, ya por un ojo a manera del Gran Hermano, o por decenas de personitas individuales que nos devolvían la mirada juguetona. Llegamos a una proyección fractal de una rama que generaba todo su árbol a partir de ella misma. Enfrente colgaban bolas de tamaños varios, bautizadas con nombres de músicos, cuyas superficies rebosaban de audífonos blancos, y cada uno tocaba una pieza del compositor asociado. Creo que la pelotota era de Mozart. En conjunto, escupían cacofonías. Toda obra poseía su cédula explicadora con el discurso de su finalidad.

La sensación con la que uno se queda al abandonar una tienda Mac y el MUAC es idéntica, en el mejor de los casos. En ambas atrae la tecnología, la realidad chupada, condensada y fermentada en dispositivos electrónicos donde la creatividad necesita ser detallada para el comprador o el espectador. El arte mayor es expulsado de estos volúmenes bajo la clásica perorata pervertidora postmoderna. Cuando una creación es incapaz de conmocionar y transmitir realidad por sí sola, no vale. Eso es artero, no arte. ¿Acaso Saturno devorando a un hijo, Campos de Castilla o el Concierto de Aranjuez vienen con instructivo? El sábado pasado se inauguró en el MUAC muestra rimbombante de esta tendencia vacía y mañosa. Ahora el artero es Anish Kapoor.

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