Los desalmados

Llega 1826 con Joseph Niépce, quien, al fin, aprisiona un lapso pintado con rayos solares sobre aceite de lavanda y asfalto.

Poseer. Verbo delimitador. Palabra asfixiante. Los sabios dicen que apareció hace diez mil años. Allá cuando poníamos pieles sobre la nuestra. Cuando cazábamos con púas carnes ambulantes enormes. Cuando movíamos los huesos cruzando estepas, desiertos, selvas, hasta mares por sus cinturas. En esos tiempos cayó el rayo prometeico en la tierra, señalando una bolita que custodiaba en su embrión la magia de amplificarse con el Sol. De beber lo amarillo y pintarlo verde. De chupar lo quemante y hacerlo nutritivo. De convertir fotones en proteínas. Los suelos libres fueron tatuados, a veces con estacas, a veces con ladrillos, incluso sangres sirvieron de fronteras. Crecieron los números y los envases. Las decenas vivían en aldeas, las centenas en villas y los millares en ciudades. Al llegar los señores poderosos, los millones, crearon las metrópolis. Las unidades nunca importaron ni lo harían. Puesto que son huérfanos peligrosos que se deben quitar para la gráfica perfecta. Son errores de muestreo. Seres atípicos. Monstruos. La grey apacentada, poderosa con la inercia fotosintética, inventó el deporte de atrapar. Un pasatiempo adictivo. Atrapó leones, tigres, elefantes. Requisó individuos hermanos de hormigueros negros, amarillos, rojos, cafés, aun blancos. Conchas, rocas de mil facetas, cristales traslúcidos, mármoles ebúrneos, todo fue secuestrado y metido en recipientes. Pero los instantes se escurrían de cualquier calabozo, el segundero imparable giraba feliz cual bailarina en azúcar. Sólo la memoria podía apresarlos, aunque los alteraba, enmascarando el recuerdo con la careta del deseo, horneándolo con sales de amor y pimientas de odio. Pinceles delineaban momentos de algunos escogidos por la fortuna para estar arriba, entre ropas fastuosas y vidas tranquilas, o abajo, con jirones y ceñidos por la muerte. Óleos, acuarelas, carboncillos, lápices intentaban mantener la estática, sus esfuerzos eran burbujas en la mar. Llega 1826 con Joseph Niépce, quien, al fin, aprisiona un lapso pintado con rayos solares sobre aceite de lavanda y asfalto. Nace el heliograbado. Luego él mismo ingenia otra forma de cazar santiamenes junto con Louis Daguerre, en 1837 surge el daguerrotipo. Ahora los haces dorados abrasan sales de plata sobre una placa de cobre. Pasan décadas, se consigue grabar rápidamente sobre un papel especial. La felicidad se delata con la sonrisa detrás de la lente. Sin embargo, los atípicos sufren. Saben que esos aparatos roban espíritus. No quieren ser encuadrados, no desean aparecer en retratos. Se desvanecen. Como si la cámara no sólo les hubiese quitado su esencia, sino, además, su materia. Ciento cincuenta años más y cualquiera pinta con la luz, la fotografía es tan inmediata, tan barata, que se multiplica infinitamente. Cada cosa se registra y encapsula en circuitos electrónicos: abdómenes rayados, traseros y senos desbordantes. ¿Dónde esconderse de un mundo cuya plaga zombi se muestra continuamente en autorretratos digitales, denominados con idiotismos, como selfis, distanciados a tan sólo una hache de la línea dictada por el demiurgo del vacío que secuestra, tal cual profetizaron los salvajes, almas?

Temas: