El error de las madres
Se presume a la mujer como pieza clave en el desarrollo de la humanidad debido al poder inmenso y exclusivo de producir vida
El culto a la fertilidad es una constante en las culturas humanas. Desde las ancestrales, se ha presumido a la mujer como pieza clave en el desarrollo de la humanidad debido al poder inmenso y exclusivo de producir vida. Figuras de féminas curvilíneas con senos, piernas y nalgas espectaculares son muy comunes en la iconografía, incluso algunas muestran ya vientres cargados. Es cierto que en épocas recientes el estereotipo femenino ha adelgazado hasta límites de líneas cadavéricas; sin embargo, parece que la moda anoréxica está reculando para beneplácito de los amantes de la voluptuosidad con exceso de carnes… y de sus portadoras. Verdad es que las madres solas no ejecutan todo, se necesita apretar un botón para hacer bebés. De eso se encargan los padres, quienes pulsan enloquecidos millones de teclas, llamadas espermatozoides, para que alguna encienda la aplicación materna. Pero una vez que se logra, pocos son los que se quedan a cooperar con el cuidado de las crías. Las madres y los padres son algo cotidiano, el dualismo sexual existe por doquier: leona-león, vaca-toro, paloma-palomo, foca-foco –ah, no, perdón–, etc. No obstante, la vida no fue así en un principio y no lo es en su totalidad hoy. Las primeras criaturas se reproducían solas, tal cual hacen las bacterias actuales. Las poblaciones de estos microorganismos son todas madres, los conceptos de macho y de hembra son ajenos a su experiencia. Asimismo, ciertos organismos, cuyos ancestros sí conocieron a los machos, los han eliminado. Varias especies de lagartijas han optado por quitarse de encima a los caballeros. Sus poblaciones constan de hembras exclusivamente, una patria de madres, y se reproducen sin tener que esperar a que un lagartón se les acerque. Simplificación administrativa amorosa y eliminación de la agresividad masculina parecen negocios insuperables dentro de una sociedad. Entonces, ¿quién inventó a los machos?
Separemos dos conceptos: sexo y reproducción. El primero es intercambio de genes. Por eso, nadie de nosotros ha tenido sexo jamás, por muchas camas visitadas, sólo nos hemos apareado. Una teoría afirma que inició como un método de respaldo genético. Al canjear genes, se pueden tener duplicados, si uno se daña, se usará la copia. Con un genoma repetido, es posible transferir secciones del mismo con otro individuo y crear nuevas combinaciones produciendo un hijo mestizo, no un clon. Sexo primero, y luego el vínculo con la reproducción, crearon un mecanismo de multiplicación suigéneris, en el cual la progenie es diferente a los padres, potenciando las características beneficiosas provenientes de cada uno. Algo muy eficiente fue envolver los duplicados genéticos, siempre deseosos y nada quisquillosos con el sexo, y lanzarlos en paquetería para entrega inmediata. Así, las chicas tienen acceso a dosis de ADN para combinar con el suyo y tener hijos diversos. Además, la transfusión génica es divertidísima, ¡todo un orgasmo! ¿Qué les salió mal? Pues que los mensajeros amorosos crecieron en tamaño, fuerza y número, y se apoderaron violentamente de la Nación Madre de algunas especies, entre ellas, la humana, convirtiéndola en tierra de machos.
