¡Cuidado con el coco!
En este siglo incipiente, parece que el coco a nadie acobarda ya. El coco está por allí, agazapado, esperando un descuido para llevárselo al más allá.
Así es, el coco anda suelto y es de peligro. No se ría, ni sonría, la cosa es seria. Quizá en su cabeza ahora tintinea la melodía anciana de “Duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá”. De la misma manera recordará cómo el fantasma asustaba niños. En este siglo incipiente, parece que el coco a nadie acobarda ya. Me pregunto cuántos pequeños han oído hablar de él, a quiénes se les intimida con el personaje. Habría que hacer un estudio sobre las principales figuras que atemorizan nenes. En una época donde los padres, los profesores y las instituciones carecen de respeto, los monstruos son tal vez el último reducto de admiración. Pero el coco no ha muerto. A él le vale un comino lo que la muchedumbre diga y crea. Sigue vivo. Es veloz, roba almas y abolla cuerpos, oculta su cabeza esférica y peluda detrás de una capa negra, muy negra. Lleva una calabaza hueca a guisa de cráneo. De esas que usaban los celtas, adornadas en sus interiores con velas para que se vieran tétricas con el tremor del fuego. Luego de centurias trabajando, se ha jubilado y hoy vive la vida con tranquilidad y sosiego. No es para menos, ¿quién después de siglos no quisiera ya un poco de tiempo para el ocio? Según cocoleaks, se ha retirado a vivir en playas tropicales. El calor siempre es un buen acompañante de los años.
No hay mucha certidumbre sobre el origen de su nombre. Lo que sí queda mejor determinado es que, al explorar el sureste asiático, los portugueses encontraron unas palmas que producían unas pelotas grandes, comestibles, peludas y con tres orificios, que bien semejaban la cara de un espectro con ojos desorbitados y boca aulladora al estilo de El grito de Munch. La imagen asemejaba, ni más ni menos, a la del coco. Así, la planta pasó a llamarse vulgarmente cocotero, Cocos nucifera L. para la ciencia, y los apéndices esféricos, cocos. Algo curioso del asunto es que uno de los orígenes posibles del vocablo proviene del griego kókkos, cuyo significado es semilla, pues bien, en realidad el coco no es un fruto, sino una semilla, la más grande del mundo. Como los helenos no conocían los cocos, la convergencia histórica y científica es simpática. Una alternativa etimológica más adecuada con el engendro es kakós, del griego, que significa malo, sucio o sórdido.
Regresemos a la advertencia inicial. El coco está por allí, agazapado, esperando un descuido para llevárselo al más allá. Usted dirá que ese cuento es para niños, no para un adulto hecho y derecho. Una hembra alfa o un macho alfa, según sea su caso, se estará pitorreando de esto. ¿Qué opina de los tiburones? ¿Les teme? Apuesto que sí, que le temblarían las patitas si alguien anunciara la presencia de una aleta emergida deambulando cerca de usted mientras nadara en el mar. Esa bestia es de temer, replicará firmemente. Las muertes mundiales al año ocasionadas por escualos oscilan alrededor de quince, los cocos registran 150. Ellos, a diferencia de los tiburones que atacan desde abajo, arremeten desde arriba, sin aleta o señal previa; sus tres kilos a 30 metros son mortales. Cuando vacacione, tenga más cuidado en la playa que en el océano. Échele coco. Tuntún tuntún...
