El tiempacio

El tiempo lo apreciamos sucesivamente, cada evento se incorpora a la secuencia y nos es imposible recorrerlo como el espacio, somos sus prisioneros.

El mundo que decimos conocer, que inventamos, está determinado por lo que experimentamos mediante nuestros sentidos. De la misma forma, esa realidad se crea en el cerebro humano según estructuras neuronales dispuestas de manera específica. Hay quienes privilegian la experiencia, otros favorecen la razón y, como siempre, están los eclécticos con posturas híbridas. En una mezcla de ambos tipos de procesamiento de información, aparecen las palabras. Es muy posible que sean fruto del entramado cerebral únicamente; sin embargo, son vehículos de comunicación entre los individuos, lo cual hace que transiten del estilo racionalista al empirista, quizá modelando de una tercera forma, la arquitectura de nuestro universo. Perro, chien y txakur, aunque señalan al mismo animal, su simple pronunciación y grafía diferentes provocan sinapsis singulares.

Pensamos que la realidad posee tres dimensiones, lugares con más son objeto de la ciencia ficción. Tan es así, que la serie de culto The twilight zone, conocida en México como La dimensión desconocida, se popularizó en Francia bajo el título La quatrième dimension (La cuarta dimensión). Cuando nuestra pareja nos pide que la recojamos para asistir a un evento, tendremos que preguntar dónde. La dirección que se nos da consta de tres datos. La avenida en la que se encuentra el departamento, otra calle de referencia para saber en qué parte del largo —“a qué altura”— de la avenida está el domicilio y, finalmente, el piso del edificio —esa sí, altura. No basta con esos tres datos, falta el cuándo. Si no me cree, llegue a la cita a las seis de la mañana y verá surgir monstruos. ¿Por qué preguntar siempre por separado dónde y cuándo si necesitamos toda la información? Separamos las coordenadas espaciales de la temporal porque las vivimos diferente. Las primeras están conectadas, son estáticas y no tienen una dirección impuesta, podemos ir y regresar cuantas veces queramos a la casa de nuestra pareja –si nos invita, claro, y si no es filósofa, con eso de que nadie se baña en el mismo río dos veces. En cambio, el tiempo lo apreciamos sucesivamente, cada evento se incorpora a la secuencia y nos es imposible recorrerlo como el espacio, somos sus prisioneros. Corre, con atávico tictac, constante. Pero no, la teoría de la relatividad nos enseña que el fluir del tiempo es relativo y depende del movimiento espacial. Se dilata a medida que se aumenta la velocidad. ¿Desea ser muy exacto en la reunión con su amada, aunque es usted un impuntual nato?, acelere su vehículo hasta llegar casi a la celeridad de la luz, el tiempo ira dilatándose, cosa que no notará en su reloj. El problema es que un segundo de viaje local, serán años de espera para ella… llegaría tardísimo.

Veremos en otra entrega cómo la física pulveriza la intuición. Mientras, el asunto aquí es aclarar que el lenguaje se ha rezagado de la ciencia. El modelo físico donde se combina tiempo y espacio se denomina espacio-tiempo. Aquí proponemos bautizarlo como tiempacio. Y para no tener que usar los adverbios dónde y cuándo cada vez que se nos cite, sintetizarlos en cuánde o dóndo. ¿Cuánde nos leemos de nuevo? En este mismo espacio, el martes.

Temas: