La Ciudad de los Palacios 2.1

Es un sitio desvencijado, cuyo centro da grima y que se desmorona continuamente frente a los ojos miopes de sus naturales.

La Ciudad de los Palacios se muere. Tose, está irritada. Tiene conjuntivitis cada mañana. Diariamente colapsan muchas de sus venas menores y, con menor frecuencia, pero con seguridad, alguna arteria importante también. La radiación ultravioleta traspasa su aire y pega inclemente en las pieles de calles y banquetas. Y como buen síntoma moderno, muestra tránsito lento, con seguridad padece colitis. Lleva años acudiendo al terapeuta para curarse, le ha suministrado de todo: roblesina, pejina, encinina, ebrardina, mancerina, nada la sana, pura droga inútil, donde el efecto placebo no funciona y ni siquiera ha viajado por experiencias sicodélicas alucinantes. Es más, ciertos estudios revelan que estas sustancias, lejos de acabar con los elementos nocivos, producen como efecto secundario la aglomeración de multitudes células entorpecedoras clase March-A. Lo último que se le surtió fue una dosis intravenosa urgente de mullerina, tuvo mala suerte, le provocó una reacción anafiláctica. ¡Qué pensaría Charles La Trobe! Ese inglés que, al quedar maravillado por la urbe, la nominó en aquel lejano 1836: Ciudad de los Palacios. ¿Quién la conoce hoy así? Es un sitio desvencijado, cuyo centro da grima y que se desmorona continuamente frente a los ojos miopes de sus naturales. Presenta tumores, del tipo santafesoso, que crecen sin ton ni son –así son los engendros– y se multiplican. Para rematar el diagnóstico poco venturoso, la capital tiene síntomas de deshidratación. Habrá que llamar a un médico capaz, comprometido e incorruptible. El caso se torna complicado.

La ecología estudia la distribución ecológica –que no geográfica– y la abundancia de las criaturas naturales. Dentro de sus enseñanzas valdría repasar algunas. Las poblaciones de cualquier especie tienden a aumentar de manera exponencial hasta llegar a un límite natural donde los recursos se vuelven escasos, ya no alcanzan –digamos que es el crédito de la tarjeta bancaria natural–. Ese umbral se denomina capacidad de carga. Sobrepasarlo representa el peligro de colapsarse. Varias poblaciones naturales se han extinguido por rebasar este horizonte tan velozmente que ese mismo ímpetu rabioso les ha impedido poder desacelerar y volver. Se desbocaron y se perdieron para siempre. Cuando las poblaciones lo exceden lentamente pueden reaccionar, aminorar su crecimiento y sobrevivir en dicho ambiente. Medidas desesperadas, sin raciocinio ni conocimiento, no servirán sino para perjudicar a todos los habitantes de la CDMX. Se necesita pensar a largo plazo, seguramente los efectos no se verán inmediatamente, pero a la larga esta población podrá subsistir. ¿Qué hicieron los seres vivos que libraron este atolladero?, redujeron su tasa de natalidad, específicamente, la tasa de reemplazo generacional, la cual, en el humano, no debe superar 2.1 críos por mujer. De esta forma los hijos substituirán a los padres y la población no aumentará. La fracción toma en cuenta la mortalidad infantil, por eso no es exactamente dos. Basura, contaminación, tránsito e inseguridad no aumentarán. Agua, alimentos y trabajo no escasearán más.

La Ciudad de los Palacios agoniza.

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