Mis tres papás (I)

Reino Unido se convertirá en el primer país en engendrar estos bebés.

La Cámara Baja de los Comunes Británica ha aprobado una legislación, con 382 votos a favor y 128 en contra, que permite utilizar una técnica de fecundación donde se requiere material biológico de tres personas. Como todo parece indicar, la propuesta será corroborada en la Cámara Alta, con lo cual el Reino Unido se convertirá en el primer país en engendrar bebés provenientes de un terceto de padres. Se prevé que estos pequeños empiecen a ver la luz en 2016. La situación tendrá repercusiones de índoles varias, sin duda la científica encabeza la lista, pero detrás, muy de cerca, le siguen las legales, las éticas y las religiosas.

¿Cuál es el motivo de hacer humanos a partir de tres individuos? Como si con dos no bastasen los problemas. Entre las cíclicas e interminables respuestas de “Pregúntale a mamá” y “Si papá te da permiso”, el pobre infante debe deambular infinitamente hasta saber si podrá acudir a una fiesta, peor que en oficina gubernamental.

Y si la pareja está divorciada, entonces los miembros experimentarán sendos atolladeros con la repartición del tiempo “de calidad”, ya sea por quedarse o por deshacerse de los escuincles, típico durante los fines de semana y las vacaciones.

La idea de tener un trío de progenitores no nace en la mente aventurera —cochina, dirían los impolutos— de algún científico por inventar un producto a partir de un ménage à trois in vitro, cosa que en la cama es imposible. Si bien la alcoba puede ser motivo de nuevas experiencias, en caso de concebirse un crío así, éste vendrá de sólo dos de los participantes —suponiendo que al menos haya habido una mujer y un hombre en la fiesta.

Más bien se relaciona con ciertos organelos que poseen nuestras células y que le proveen de la energía necesaria, cual hidroeléctrica o central nuclear, para cumplir sus funciones que, a la postre, son las nuestras. Esta central energética se llama mitocondria. Existen evidencias muy sólidas por las cuales se piensa que era una bacteria que vivía libremente al principio. Hace mil 500 millones de años, otra bacteria, mucho más grande, la engulló, pero en lugar de digerirla, como hubiese sido lo normal, la mantuvo intacta en su seno.

Se presume que la asociación fue benéfica para ambas. La chica obtenía un ambiente seguro, un hogar; la mayor, una fábrica de energía. A esto se le conoce como simbiosis. Si la mitocondria era una bacteria libre, debería tener su propio ADN, lo cual se corroboró en 1963. Su genoma es diminuto, comparado al humano, apenas consta de 15 genes —el nuestro tiene unos 22 mil—.

De la misma forma que nosotros padecemos enfermedades genéticas, ella también las sufre. Aunque sea pequeña y su genoma esté reducido, no olvidemos que es nuestra central de energía. Ella transforma principalmente las grasas y los azúcares en moléculas energéticas —conocidas como ATP— indispensables para vivir.

Una curiosidad sobre las mitocondrias es que todas provienen de nuestra madre. Durante la concepción, el aporte materno y paterno son inmensamente desproporcionados a nivel celular —ellas, las hembras, sostendrán con razón, que también en otros ámbitos.

El espermatozoide sólo se apoquina con una dosis de ADN, nada más. El óvulo aporta un sinfín de sustancias necesarias para la organización incipiente, en cantidad y ubicación precisas. Además, dona su cuerpo —cual madre encinta—, su correspondiente dosis de ADN y la totalidad de las mitocondrias requeridas para suministrar la energía necesaria al ser en potencia.

Aquellos bebés nacidos de madres con mitocondrias mutantes tendrán problemas enormes y morirán en poco tiempo. Por ello, dichas mujeres evitan tener hijos. ¿Qué alternativas existen?

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