Sin maquillaje/ arlamont@msn.com/ 30 de mayo de 2026

Alfredo La Mont III

Alfredo La Mont III

Sin Maquillaje

A MISMA

¿Pueden dos personas tener la misma voz o es sólo una ilusión auditiva?

R. La idea de que dos personas “tienen la misma voz” es más nostalgia que ciencia. La voz humana es una huella acústica irrepetible, moldeada por la forma del cráneo, la tensión de las cuerdas vocales, la cavidad nasal y hasta la postura. Lo que confundimos como “igual” es un truco del cerebro, que agrupa timbres parecidos igual que confunde rostros en el Metro cuando vamos cansados. 

Los imitadores funcionan porque copian ritmo, acento y muletillas, no anatomía. La ironía es que la tecnología ya puede clonarnos con una precisión que ningún oído humano alcanza. Dos personas no comparten voz, pero una máquina sí puede fabricarla. El parecido no está en la garganta, sino en el algoritmo que decide replicarte.

La voz sigue siendo única, pero su copia digital ya no lo es.

MAS RÁPIDO

¿Por qué sentimos que el tiempo pasa más rápido a medida que envejecemos?

La sensación de que los años se aceleran no es poesía, es neurociencia cruel. El cerebro registra el tiempo según la novedad. En la infancia todo es descubrimiento, así que cada día se almacena con detalle. En la adultez, la rutina aplana la memoria y los meses se deslizan sin dejar huella. Menos recuerdos equivale a menos “tiempo percibido”. 

También influye la proporción. Para un niño de 10 años, un año es el 10% de su vida. Para un adulto de 50, es apenas una fracción. La vida urbana empeora el fenómeno: multitarea, pantallas, estrés y días idénticos que se repiten como fotocopias. El tiempo no corre más rápido, somos nosotros quienes dejamos de detenerlo. La única forma de alargarlo es volver a vivir cosas que valgan la pena recordar. El reloj no cambia, pero la memoria sí.

OBRA DE ARTE

¿Qué determina que una pintura sea considerada arte contemporáneo y otra no?

R. El arte contemporáneo no se define por la fecha, sino por la conversación que provoca. Una obra entra en esa categoría cuando dialoga con las tensiones del presente: política, identidad, tecnología, cuerpo, poder, mercado. 

No importa si es óleo, instalación o un ladrillo en el piso. Lo que importa es la intención crítica y el contexto institucional que la valida. Museos, curadores, ferias y críticos funcionan como filtros que deciden qué entra al canon y qué se queda en Instagram. La provocación también pesa. 

El arte contemporáneo incomoda, cuestiona, irrita. No busca belleza, busca fricción. Por eso una pintura técnicamente impecable puede ser irrelevante, mientras que una pieza mínima puede convertirse en fenómeno cultural. El valor no está en la técnica, sino en la capacidad de decir algo que sólo puede decirse ahora. El arte contemporáneo (no moderno, ése es otra cosa) es presente en estado puro.