LAS ORIGINALES
¿Cuáles eran las virtudes originales y han cambiado con el tiempo?
R. Las virtudes clásicas —las que Tomás de Aquino organizó con paciencia medieval— eran siete: prudencia, justicia, fortaleza, templanza, más las teologales fe, esperanza y caridad. Eran virtudes pensadas para ordenar la vida interior y la convivencia en comunidades pequeñas, donde la moral se negociaba cara a cara. Con el tiempo no desaparecieron, pero sí se volvieron demasiado abstractas para un mundo que vive acelerado y saturado de estímulos. La prudencia compite con la inmediatez; la templanza con la abundancia; la fortaleza con la ansiedad; la justicia con la polarización. No es que hayan dejado de importar, sino que ya no alcanzan para describir las habilidades morales que exige la vida contemporánea. Las seguimos admirando, pero las practicamos poco. Y, sobre todo, necesitamos otras herramientas para navegar un entorno donde la presión no viene del demonio medieval, sino del algoritmo moderno.
MARCHA ATRÁS
¿Qué revela que la SEP haya dado marcha atrás en esto de “vacaciones” por el Mundial?
R. Revela algo peor que el recorte mismo: la ausencia total de criterio. La SEP puede desdecirse, pero el daño está en el proceso. Una decisión que afecta a más de 30 millones de estudiantes no puede surgir como ocurrencia, filtración o globo sonda. Debió pasar por análisis, evidencia, impacto pedagógico y un principio básico: la educación es prioridad nacional, no entretenimiento sacrificable. El gobierno de la presidenta Sheinbaum y su Secretaría de Educación mostraron que la escuela es negociable, que el rigor no pesa y que la distracción vale más que el aprendizaje. México ya está rezagado frente a países comparables; improvisar políticas educativas sólo confirma que no entendieron la gravedad del problema.
LAS NUEVAS
¿Existen nuevas virtudes hoy? ¿Cuáles serían?
Sí: así como actualizamos los pecados, también hemos ampliado el catálogo de virtudes. No para reemplazar las clásicas, sino para complementarlas en un mundo más complejo. La primera es la adaptabilidad, la capacidad de cambiar sin perder identidad. Luego la alfabetización emocional, indispensable para convivir en sociedades diversas. La verificación —dudar antes de compartir— se volvió una virtud cívica. La pausa consciente es casi un acto de resistencia frente a la saturación. La diversidad entendida como inteligencia colectiva, no como eslogan. La colaboración, porque ningún problema serio se resuelve solo. Y, finalmente, la curiosidad, que hoy es más brújula moral que rasgo intelectual: sin ella, uno queda atrapado en su propia burbuja.
Estas nuevas virtudes no buscan santificar a nadie; buscan ayudar a sobrevivir con criterio en un mundo que cambia más rápido que nuestras certezas.
