Para muchos, Marcelo Ebrard es un tipo pedante, soberbio, incongruente y sin palabra, y probablemente tengan razón. Pero nadie le puede escatimar su visión como gobernante, que demostró cuando fue jefe de Gobierno del Distrito Federal.
Después de su administración, la capital del país cayó en una espiral de degradación que nadie ha podido detener, sobre todo por falta de inversión en infraestructura urbana.
¿Que Ebrard se hizo millonario en su gobierno?, probablemente. ¿Que benefició a un puñado de empresarios inmobiliarios?, quizá. ¿Que a la mera hora se dobló ante Andrés Manuel López Obrador y le cedió la candidatura presidencial del PRD en 2012?, fue cierto; se rajó.
Pero, como quiera, en seis años convirtió la capital del país en una ciudad moderna, con buenos servicios públicos, transporte, vialidades, obras impresionantes sobre Paseo de la Reforma, donde instaló concreto hidráulico; hasta inauguró el programa Ecobici.
En 28 años de gobiernos de izquierda en la capital, Marcelo fue el único que se atrevió a ampliar el Metro, con la construcción de la Línea 12. Cierto que al final resultó fatídica, pero dejó ver su visión metropolitana.
Su trabajo en la capital alcanzó a los gobiernos de Miguel Ángel Mancera, Claudia Sheinbaum y lo que va del de Clara Brugada para navegar sin hacer gran cosa, aunque ya no aguanta más; la CDMX requiere cirugía mayor.
En lugar de ello, llega una administración de ocurrencias, que cree que con obras de ornato va a solucionar todo, cuando lo que urge es una infraestructura que soporte los servicios para más de 10 millones de usuarios cada día.
Los problemas son muchos, pero uno que al parecer no se ha tomado con seriedad es el de la movilidad. Con un padrón de casi cinco millones de automóviles que, se calcula, circulan en la capital, no hay ninguna nueva vialidad.
Porque, aunque muchos vehículos emplacan en el Estado de México o en Morelos —sobre todo los de alta gama para aprovechar beneficios fiscales—, juntos con los de la CDMX circulan aquí y hay que buscarles nuevos espacios.
Por eso no se entiende que Brugada, que incluso trabajó en la administración de Ebrard, prefiera quitar carriles a la calzada de Tlalpan para hacer ciclopistas en lugar de promover nuevas vialidades; al contrario, las reduce.
Prefiere maquillar esa vital avenida que conecta el Centro Histórico con la salida a Cuernavaca. ¿No hubiera sido mejor quitar los microbuses e incorporar un transporte masivo, con paradas exclusivas cada 500 metros, por ejemplo?
De esa forma la millonaria inversión quedaría como solución permanente para los capitalinos y no sólo para los turistas que vendrán unos días al Mundial de Futbol en 2026.
Como quiera, Marcelo construyó la Supervía que conecta el poniente de la ciudad. Cierto que pasó sobre muchas familias que fueron expropiadas en esa zona, pero, si no existiera esa vía, el poniente estaría aislado.
El trabajo de Ebrard le alcanzaba para ser en candidato del PRD a la Presidencia de la República en 2012, con amplias posibilidades de ganar, pero se acobardó ante López Obrador, como lo ha hecho ante otros.
Ser tibio es su eterno problema.
CENTAVITOS
Por cierto, además de la mala planeación de sus ciclopistas en ambos sentidos de calzada de Tlalpan, el gobierno tendría que tomar en cuenta el enojo de vecinos de amplias zonas del sur de la ciudad, que se sienten afectados por una acción por la que ni siquiera les consultaron. A ver si no se desquitan en las elecciones de 2027.
