¡Los tacones a la fuerza NO!

No es fácil comprender el dolor de una mujer que ha sido abusada.

El terrible suceso de Acapulco me ha tenido pensativa. Esas pobres mujeres han quedado con su vida marcada para siempre, ya no hay ley que valga, ni castigo para los violadores que pueda borrarles de la memoria ese viaje que se suponía sería de vacaciones y terminó siendo de terror.

Como dijo el alcalde Luis Walton: “Eso es algo que ocurre en todo el mundo”. Y aunque no me voy a poner a tergiversar el contexto para fines del amarillismo, me parece que esta premisa no justifica ningún abuso.

No es fácil comprender a una mujer que ha sido abusada, porque es necesario vivirlo para entender el dolor. Intento ponerme en sus zapatos para solidarizarme con esas mujeres que fueron agredidas sin ningún motivo. Y aunque vaya en contra de algunos representantes de la iglesia católica, políticos y líderes de palabra, lo digo: NO HAY MOTIVO, ni una falda corta ni una piernas bellas ni un bikini, para que una mujer sea forzada a tener relaciones sexuales. No somos nosotras las que provocamos que nos agredan, no somos nosotras las que ocasionamos que nos obliguen a algo que no deseamos.

Las mujeres diariamente somos acosadas en la calle con piropos, que más allá de ser piropos son agresiones que nos hacen sentir abusadas, situaciones de las que tenemos que salir corriendo para “no hacer las cosas más grandes” o por lo menos esos son los consejos que nos dan ante esas situaciones. Básicamente no nos podemos defender, porque los hombres son más fuertes y lo mejor es voltear la cara, callar y aguantar.

¿Y qué más vamos a hacer? ¿Denunciar a alguien por acoso sexual? ¿Para qué? Y no tomen a mal mis comentarios, no es desidia, ni digo que esté mal denunciar, pero conocemos nuestro sistema de leyes: poner una denuncia es más traumático para quien la pone que para el denunciado. Al final, las cárceles siguen llenas de inocentes que robaron un bote de leche para alimentar a su hijo y los asesinos, violadores y criminales caminan frescos por las calles porque tuvieron lana para salir campantes.

Entonces, denunciar muchas veces se convierte en un boomerang que se regresa a darte en la cara cuando el denunciado vuelva a vengarse. ¿Cómo confiar en que un violador o criminal va a reestructurar su camino por pasar cinco días encerrado?

Luego nos atrevemos a decir: ¡Denuncien, mujeres!, pues es la única forma que tenemos para que se cumplan las leyes: El albur contemporáneo más grande que existe porque, después de todo, la mayoría de veces no se cumplen.

Señores gobernantes ¿qué salida tienen las mujeres que son violadas diariamente y no salen en la prensa? ¿Cuál es la forma de darles garantías a estas mujeres que tienen que pasar por el traumático proceso de la denuncia, en la que los amparos, amparitos y amparotes ponen todas las trabas posibles? ¿Cómo es que después de años y años de buscar que la sombrilla protectora de la ley cobije a todos por igual, sigue existiendo impunidad en este tipo de casos?

Es verdad, este tipo de cosas pasan en todo el mundo, pero mi principal preocupación es México, porque es mi país, en donde viven las mujeres mexicanas y nos vistan las extranjeras, y en donde este tipo de asaltos lo viven más mujeres de las que imaginamos y que han quedado impunes o sus violadores han salido libres por “una corta” o un buen abogado corrupto y con los contactos adecuados.

¿Qué vamos a hacer, autoridades mexicanas, para que el acoso sexual hacia las mujeres sea castigado en todos los casos y no solamente en los que hacen bulla en la prensa? Y sí, es una pregunta retórica…

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