El musical de los tacones

Nos convertimos en la princesa que se sale del castillo para pelear con los dragones.

Si se hiciera realidad mi fantasía secreta (que dejará de ser secreta en 3…2…1…) de vivir como en un musical, en este momento sonaría una canción con voces de ángeles cantando a mi alrededor. Bailarines darían vuelcos justo al lado de mi cama luego de girar en círculos en la mitad de mi habitación. Entonces mi cuarto se habría transformado en un cielo azul al que yo ascendería gloriosa, tipo Cher, hasta llegar a un gran foco amarillo iluminado sobre mi cabeza.

Les hemos echado la culpa de todo a los cuentos de hadas. Los hemos señalado por hacernos pensar que tras besar un sapo aparecería un príncipe, que los dragones se oponen a nuestra felicidad y que las hadas madrinas nos solucionan todo con solo agitar su varita mágica. Hemos inculpado a los cuentos de antaño por hacernos creer que el amor llega montado en un caballo blanco, y que el príncipe ideal es medio loca: mallitas, zapatillas, espejuelos y caminar estilizado. Pero nunca los hemos culpado por la terrible realidad que se esconde detrás del viaje del héroe que conquista el amor de toda doncella que se respete: los obstáculos que tiene que pasar dicho príncipe para ganar el amor de su princesa.

Nos dijeron que entre más complicadas se ponen las cosas, más sabrosas y apasionantes son y, mejor aún, terminan con perdices y lombrices incluidas. Por eso bateamos a cuanto chico bueno se nos acercó en el colegio. ¿Recuerdan a ese medio nerd dispuesto a enamorarse perdidamente de nosotras? Pues a ese lo mandamos a la lona para enamorarnos del mugroso que se andaba besuqueando a todas las del salón.

Una cosa muy diferente es que un Cirilo nos conquiste y nos enamore en contra de viento y marea, y otra muy distinta es que uno de los obstáculos es que sea un incapacitado para enamorarse, perrucho sarnoso, patán y mal partido. Esos obstáculos no son de él por librar sino ¡nuestros! Lo que pasa es que en nuestra cabeza de pug esas contrariedades califican como obstáculos. Mejor dicho, nos convertimos en la princesa que se sale del castillo para pelear con los dragones, mientras el supuesto príncipe se anda besuqueando en las hortalizas con una sandungüera oxigenada.

¿¡Qué pasó!? ¿En qué momento nos explicaron o entendimos mal? ¿Habrá sido culpa de John Travolta o solamente malinterpretamos la idea de los mil obstáculos con una prueba de orgullo personal?

Entonces llegó a mi mente, mientras los bailarines desaparecían, las nubes se disipaban y el foco se apagaba, que las Cirilas nos hemos confundido y de alguna forma nos ha dado flojera el chico fácil y nos encanta el difícil, porque en el fácil no hay dragones, ni bosques de espinas, ni puentes a medio romper, ni truenos ni centellas, y todo cuento de amor que se respete debería de tener todas esas vicisitudes.

Al final, entre más nos alejamos del ideal del cuento de hadas, entre más nos damos cuenta de que las espinas cortan, sacan sangre y duelen, de que los dragones nos pueden comer entero el corazón, los truenos nos electrocutan y los puentes se rompen justo cuando vamos a la mitad de camino, comprendemos que aquel chico fácil, bueno, amable, detallista, amoroso y estable emocionalmente no se encuentra disfrazado de sapo, sino que siempre ha sido y será un caballero.

Colorín colorado el hilo negro se ha escapado.

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