Regresión en tacones

Me di a la tarea de darme un clavadoen los cinco años pasados.

Siempre he tenido unas ganas platónicas de que me hagan una regresión, aunque nunca me he decidido a hacerlo, pues me provoca ansiedad revivir el pasado; como dicen los grandes líderes espirituales: hay que vivir el presente. Sin embargo, ayer no me quedó opción más que someterme a una especie de regresión, cuando el host de mi correo anunció que debía liberar espacio so pena de que me cobraran por unos cuantos gigas extra.

Así que, café en mano, me di a la tarea de darme un clavado en los cinco años pasados para, aunque en efecto sea mejor vivir el presente, aprovechar y echarle un vistazo a los pasos andados, en busca de la experiencia que me dejaron.

Por cortesía de Gmail y esta obligatoria sesión de limpieza se vinieron como cascada todas esas sensaciones que tenía guardadas en el backup de mi memoria. Imaginé que así sería cuando estás a punto de morir y toda la vida te pasa por la mente. Mis últimos cinco años pasaron disfrazados de emails y unas cuantas fotografías archivadas.

Es verdad: “ver los toros desde la barrera” hace que aprecies las cosas con otra óptica, una más desprendida de las emociones del momento. Me di cuenta de que sufrí menos de lo que recordaba por aquel Cirilo que rompió mi corazón, y que me azoté mucho más de lo que debí por uno que era más pasajero de lo que algún día llegué a creer. Me di cuenta de que fui la loca de un Cirilo: la pobre intensa que en un derroche de inseguridad y autoestima pisoteada, soportaba situaciones que nunca debió tragarse.

Entendí que la verdad no siempre es una virtud, que la he manipulado para mover las fichas a mi antojo; que jugué con los sentimientos de alguien por el puro afán de proteger los míos. Comprendí que soy humana, que a veces he sido buena —aunque en algunas haya rayado en lo ingenua—, y en otras he sido peor villana que Cruella de Vil.

Me encontré con una mujer frágil que dentro de la coraza de acero que mostraba al mundo, se debatía por encontrar a ese amor verdadero. Me descubrí intentando disfrazar de príncipe a un sapo que no podía cargar ni con un escudo.

Cuanto más leía, más comprendía que aquello que pensé en la adolescencia no era más que un sueño guajiro: encontrar un Cirilo, enamorarse y sentarse a comer perdices. La mayoría de esas perdices regresaban, poco tiempo después, a revolcarse de la risa sobre la miseria llamada desamor.

Descubrí una Anna Bolena que creo que no conocía, con una cantidad de miedos que se acumulaban conforme me volvía a enamorar. Encontré claramente el patrón que hoy sé era el que me hacía cometer errores (¡cómo no lo pude ver en el momento!). Todos aquellos Cirilos, tan similares el uno con el otro y a la vez tan simple su forma de confundirme. Estaba enceguecida lidiando con el toro.

Comprendí que todo camino tiene sus piedras, unas más grandes que otras, unas que te raspan las rodillas y te hacen más lento el caminar, pero al final del día entendí que todo eso me trajo hasta donde hoy me encuentro, con menos equipaje en mi espalda y más espacio para almacenar las sorpresas del presente y del futuro que me esperan por vivir. ¡¡Feliz viernes!!

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