Levantar la voz hasta donde se escuche

La verdad ni es el halago ni es el silencio. Ya lo dijo el poeta: Es lengua la verdad del Dios severo y la lengua de Dios nunca fue muda. Efraín González Morfín El PAN enfrenta una grave crisis. Empecinado en la crítica al otro, se olvida de la crítica a ...

La verdad ni es el halago ni es el silencio. Ya lo dijo el poeta: Es lengua la verdad del Dios severo y la lengua de Dios nunca fue muda.

        Efraín González Morfín

El PAN enfrenta una grave crisis. Empecinado en la crítica al otro, se olvida de la crítica a sí mismo, pecado de su larga marcha como oposición. Trastornado en el ejercicio del poder, apoya ahora al denunciado y condena al denunciante; protege al culpable sin reconocerle derechos a quien hace reclamos o denuncias.

El PAN sufre una tragedia desafortunadamente repetida en la historia de México: la secuela de ideales frustrados, de planes olvidados y de convicciones que en el choque con la realidad se disolvieron irresponsablemente.

El PAN sufre una infamia. Quien debió haber sido su principal protector, su más fervoroso defensor, lo atropelló. Es un caso que merece un estudio profundo. El presidente Calderón, a pesar de deberle todo a su partido, ni siquiera le dio las gracias en su último Informe. También sufre una infamia el PAN cuando, habiendo hecho tanto por tantos, pocas voces surgen en su defensa.

Algunas ideas se tornaron en realidades dañinas para el partido. Don Efraín González Luna prevenía de la “neurosis de la escaramuza”, característica de las decisiones de los últimos años. José González Torres predijo que el PAN se parecería al PRI al llegar al poder; sus palabras hoy caen como piedra. Carlos Castillo Peraza hablaba de ganar el gobierno sin perder al partido y del pequeño priista que todos llevamos dentro, señalamientos superados por la realidad. El priista no era tan pequeño y Acción Nacional no se logró distinguir en plenitud durante sus 12 años de gobierno.

Los fundadores del partido son víctimas de una inmerecida injusticia. Diseñaron el partido de la ética, surgido de la sociedad sin el apoyo del poder, con los mejores hombres en sus filas, dispuestos a llegar a él para evitar abusos y manejar con honestidad la cosa pública. El discurso fue recio, jamás se desperdició oportunidad para denunciar a los malos gobiernos. Resistió tentaciones para ser cómplice e impulsó una vida democrática interna.

En unos días concluirá el segundo sexenio panista. El partido debe someterse, sin cortapisas, sin limitaciones, al más amplio análisis interno. No le puede tener miedo a la verdad porque fue su estandarte y su divisa permanente. Ya no caben los viejos argumentos de que los asuntos públicos deben tratarse con sigilo. La opinión nacional ya tiene una idea del panismo y no es la más favorable. Es viejo el pensamiento: una vida que no puede ser analizada no vale la pena ser vivida.

El PAN ha presumido ser un partido con identidad y ésta depende de las tradiciones, identificadas en su seno con la lucha ciudadana para cumplir deberes. El desprestigio de otras corrientes lo acreditó por su talante de abnegación y apostolado. La identidad se acreditó como permanencia y pertenencia, desdibujadas hoy en el ejercicio del poder. Por eso, hay en la verdadera militancia una esperanza herida transmitida también al pueblo y un sentimiento de resignación ante el retorno de los mismos.

Pude dialogar con Efraín González Morfín, de confirmar su talento y su íntegra vocación humanista. Citando a Demóstenes, me hizo una reflexión clave del panismo actual: “Si estuviéramos como estamos después de haber hecho todo lo que debimos hacer, no habría esperanza. Pero si estamos como estamos es porque todavía nos falta mucho de lo que debemos hacer, sí hay esperanza”.

Le debo mucho al PAN y podrán acusarme, con razón, de protagonismos y de estridencia, pero la única forma que concibo de participar en política es con la consigna de decir: “Aquí estoy”.

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