El teatro mexicano en Brasil
El puerto de Santos, Brasil, sitio del que no obstante sus múltiples riquezas en México; se escucha sólo cuando el tema es el futbol, se vio inundado durante poco más de una semana de teatreros mexicanos, que participaron en el Festival Iberoamericano de Artes ...
El puerto de Santos, Brasil, sitio del que no obstante sus múltiples riquezas en México; se escucha sólo cuando el tema es el futbol, se vio inundado durante poco más de una semana de teatreros mexicanos, que participaron en el Festival Iberoamericano de Artes Escénicas de Santos, Mirada, el que como ya lo ha publicado Excélsior, hizo de nuestro país su invitado de honor. No tengo noticia de que alguna vez se hubiera visto tal cantidad de obras de teatro mexicano en este país. Cierto es que el primer Festival Mirada, hace dos años, inició con De monstruos y prodigios, de Teatro de Ciertos Habitantes, que mereció la unánime admiración. El montón de propuestas escénicas que llegó a Santos, este año, confirmó para los brasileños y ciertos observadores iberoamericanos, que nuestro teatro tiene calidad y enfrenta, entre sus más urgentes retos formular una poética y una práctica ética para abordar la violencia y la descomposición social, política, humana que vivimos en México. ¿Puede el teatro cambiar la realidad? ¿Cuál es la función del teatro?¿Hemos logrado forjar sólidos y vitales lenguajes propios? ¿Qué papel juega en el teatro mexicano la necesidad de legitimarse ante los cánones europeos?
Hacia las propuestas mexicanas en Mirada la aceptación fue más que entusiasta. Cuando llegué al festival se habían estrenado Una vez más por favor, del quebequense Michel Trambley, dirigida por Mario Espinosa, con la Compañía Nacional de Teatro; e Incendios, del líbano-quebequense Wajdi Mowad, dirigida por Hugo Arrevillaga, con Karina Gidi en el protagónico. Incendios fue durante varios días el centro de la conversación en torno del Festival. Supe que muchos espectadores se conmovieron hasta las lágrimas en las dos funciones que se vieron por allá. Luego vino Amarillo, de Gabriel Contreras, dirigida por Jorge A. Vargas, otro macanazo para el público y los programadores, quienes se fascinaron con la propuesta, a la que, por otra parte, no le faltaron uno que otro detractor entre periodistas e investigadores que han seguido la escena iberoamericana con especial atención en las aproximaciones a la violencia y quienes coincidieron en que esta obra está por mucho rebasada por la realidad que alude y en esa medida aligera, edulcora la impunidad y el horror que viven los migrantes en México. Amarillo e Incendios están invitadas a temporadas más largas en Sao Paulo y a seguir con sus ya muy numerosas presentaciones en festivales internacionales.
La pequeña habitación al final de la escalera, de la también canadiense Carole Fréchette, dirigida por Mauricio García Lozano y de nuevo la participación de Karina Gidi, fue admirada por la factura visual, la calidad de su escenografía y de sus actores. Sin embargo, encontré la coincidencia entre varios de los espectadores de que en el exquisito conjunto el texto resulta débil.
Los asesinos escrita y dirigida por David Olguín, producida por El Milagro y Carretera 45, fue reconocida por la calidad de su dramaturgia, de sus actores, de su organización del espacio y su riesgo en busca de dar respuesta a la violencia. El dragón dorado, del alemán Roland Shimmelpfenning, dirigida por Daniel Giménez Cacho, fue una producción desconcertante para el público ya seducido por las exquisitas facturas que habían visto de la escena de nuestro país. Esta obra de Por Piedad Teatro Producciones, que se presentó con una de sus actrices, Patricia Ortíz, lastimada severamente de una rodilla y que intencionalmente busca lo tosco, la rudeza, un contrapunto al preciosismo del teatro mexicano, encontró a sus mejores adherentes en los jóvenes brasileños. Ensayo sobre los débiles, de Artillería Teatro, escrita y dirigida por Alberto Villarreal, fue reconocida en su riesgo y su fuerza y me pareció que, como El dragón dorado, resultó significativa en especial para un público joven.
Del conjunto de puestas en escena mexicanas que viajó a Brasil fue llamativa la presencia de la dramaturgia canadiense, como lo es en general en la producción escénica en nuestro país. Al final me hizo falta la voz de propuestas solventes de otras entidades federativas, además del DF, como La Rendija o las obras de Conchi León, de Yucatán, o de los teatreros más audaces y experimentales de nuestra escena, como Teatro Ojo y Las Lagartijas Tiradas al Sol. De cualquier forma, la amplia y contrastada selección brindó un perfil elocuente de los principales derroteros por los que se practica el teatro en México.
