Miguel de la Madrid y su sexenio gris

En su afán de pagar la deuda pública sometió al pueblo mexicano a una devaluación sostenida del peso

“Cuando vivía el infeliz, ¡ya que se muera!/ y ahora que está en el veliz, ¡qué bueno era!”. Así, con su proverbial agudeza, describió Chava Flores las dos etapas del hombre imprudente e indiscreto que en sus últimos años da pie a la molestia de otros, pero que, como por arte de milagrería, una vez muerto adquiere cualidades de prócer.

Tal es el caso de Miguel de la Madrid Hurtado, el de las revelaciones escandalosas ante Carmen Aristegui, según las cuales Carlos Salinas se llevó a a su casa al menos 200 millones de dólares mientras permitía que su hermano Raúl Salinas realizara negocios fuera de la ley. Las acusaciones no eran asunto menor y los priistas movilizaron su pesada maquinaria para que el ex presidente se desdijera, lo que consiguieron, pero ya se sabe que en el ámbito de la política lo que parece es, y el daño ya estaba hecho.

Pero a De la Madrid se le recordará menos por esas declaraciones que por su mediocridad. Le tocó levantar los tepalpacates dejados por la fiesta lopezportillista, pero en su afán de pagar puntualmente la deuda pública de 80 mil millones de dólares sometió al pueblo mexicano a una devaluación sostenida del peso, contención salarial y liberación de precios, todo esto unido a una venta ruinosa de empresas públicas. Imposible olvidar que la gente salía corriendo a gastarse hasta el último centavo de la quincena el mismo día en que llegaba a sus manos, pues el alza de precios era incontenible. En su sexenio se registraron las más altas tasas de inflación de la era posrevolucionaria: 80.8% en 1983; 59.2 en 1984; 105.7 en 1986 y 159.2 en 1987, lo que pulverizó los salarios reales.

En el último año de su sexenio, ante los amagos de huelga general, impuso el Pacto de Solidaridad Económica, que incrementó los salarios 15% y 20% en los mínimos y simultáneamente elevó impuestos 298%, contribuciones 133%, derechos 141%, agua potable 134%, combustibles y electricidad 85%, telefonía local 85%, larga distancia 55%, azúcar 81% y fertilizantes 79 por ciento. Y no nos fue peor porque JLP dejó en sus manos la banca nacionalizada.

Cuando ocurrieron los sismos de septiembre de 1985, los que causaron por lo menos cinco mil muertes y destrucción material hasta por cinco mil millones de dólares, De la Madrid se mantuvo lejos de la tragedia. Fue hasta el tercer día cuando se decidió a salir y lo hizo para volar en helicóptero sobre la ciudad devastada, lejos del drama que vivían los capitalinos. La misma indolencia mostró en 1988, cuando el huracán Gilberto destruyó gran parte de Cancún y produjo la muerte de centenares de personas.

Entre sus aciertos, que pese a su mediocridad también los tuvo, hay que anotarle la formación del Grupo Contadora y la construcción de 50 mil viviendas para los damnificados por los sismos de 1985 gracias al fondo que se constituyó con los donativos internacionales que llegaron en ese año.

En el debe hay que cargarle la puesta en operación de la planta nucleoeléctrica de Laguna Verde, pese a que pierde dinero desde el primer día y ha sido siempre un peligro. En aquel sexenio horrendo fue asesinado el columnista Manuel Buendía por el jefe del espionaje interno y cayeron abatidos otros 30 periodistas. En 1986 se denunció un fraude en las elecciones locales de Chihuahua y dos años después ocurrió lo mismo en los comicios federales que a toda costa favorecieron a Carlos Salinas de Gortari.

Ese fue Miguel de la Madrid, el presidente.

        *Periodista y autor de Milenios de México

            hum_mus@hotmail.com

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