¿Qué diría don Julio Bracho?
En este fin de semana de conmemoración de la Revolución, de “puente” y del Buen Fin, con el que la gente salió a comprar lo que no necesita con dinero que no tiene, pasaron por la televisión una de las grandes películas del cine mexicano que queda en la historia ...
En este fin de semana de conmemoración de la Revolución, de “puente” y del Buen Fin, con el que la gente salió a comprar lo que no necesita con dinero que no tiene, pasaron por la televisión una de las grandes películas del cine mexicano que queda en la historia por sus numerosos problemas con la censura oficial: La sombra del caudillo, de Julio Bracho.
Si algo agradezco hoy a mis maestros a lo largo de mi formación escolar y universitaria es el haberme insistido en el acercamiento a obras literarias imprescindibles. En cuanto a la lectura, gracias a esos maestros tuve acceso entre muchas otras grandes obras a autores mexicanos como Mariano Azuela, Ignacio Manuel Altamirano, Martín Luis Guzmán, José Joaquín Fernández de Lizardi, Alfonso Reyes, Octavio Paz y otros que, como representantes de diferentes etapas de nuestra historia y letras, enriquecieron muchísimo mi visión de México.
Lamentablemente, los estudiantes de secundaria y prepa hoy no leen a estos autores, al menos aquellos a quienes pregunté. ¿Qué puede importarles entonces lo que una película como La sombra del caudillo significa para nuestra historia?
Recuerdo que para mí la lectura de La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, fue un verdadero gozo. En esta obra, una de las grandes novelas de la Revolución, Guzmán da otros nombres y rostros a personajes perfectamente identificables del movimiento: en la etapa previa a la elección presidencial y consolidación del que más tarde sería el PRI el caudillo es el general Álvaro Obregón, presidente de México; Jiménez es Plutarco Elías Calles, sucesor de Obregón; Aguirre es el general Francisco Serrano y su personaje es el eje de la trama hasta que es traicionado y asesinado por sus propios compañeros en el Ejército en 1927
De La sombra del caudillo se hizo una excelente adaptación cinematográfica en 1960. El proyecto fue construido durante más de 20 años por don Julio Bracho, uno de los cineastas más interesantes y propositivos de la Época de Oro del cine nacional —¡Ay qué tiempos señor don Simón! (1941), Historia de un gran amor (1942), La virgen que forjó una patria (1942), Distinto amanecer (1943), La mujer de todos (1946), Rosenda (1948). Contó con el apoyo del presidente Adolfo López Mateos e incluso se les permitió el acceso para filmar al interior de la Cámara de Diputados. Se organizó una cooperativa entre actores y técnicos que aportaron parte de sus sueldos para la filmación y Bracho abordó la historia en forma frontal, valiente y muy crítica; conociendo la novela se constata que el trabajo de adaptación es espléndido. La fotografía es de Gabriel Figueroa, reconocido como uno de los grandes directores de fotografía a nivel internacional.
Bracho contó con los mejores actores de ese momento: Tito Junco, Tomás Perrín, Ignacio López Tarso, Carlos López Moctezuma, Miguel Ángel Ferriz, Víctor Manuel Mendoza, Prudencia Griffel, José Elías Moreno, Víctor Junco y otros.
La sombra del caudillo fue enviada al Festival de Karlovy Vary, en la entonces Checoslovaquia, donde se llevó el premio a la Mejor Dirección, y la actuación de Tito Junco. Se invirtió en su promoción y se anunció como el estreno de la “mejor película mexicana de todos los tiempos”, pero todo iba demasiado bien para ser cierto...
Sin que mediara explicación, la copia desapareció y la Secretaría de la Defensa emitió un comunicado explicando que “la cinta denigra a México y sus instituciones”, además de “ofrecer una visión falsa de la historia y del Ejército mexicano”. Julio Bracho luchaba con todo para conseguir el estreno y el secretario de gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, pedía tiempo para arreglar el asunto.
Declarada “perdida”, la copia es víctima de la vergonzosa censura oficial y pasó a la historia, no como la gran obra que es, sino como la película “maldita y prohibida” del cine mexicano. El golpe fue terrible para don Julio, quien se sintió acabado, lleno de deudas y, para algunos, “artísticamente muerto”.
En los 70 empezó a circular clandestinamente en video y en 1990, 30 años después, llegó su estreno comercial. Hoy se puede ver en la televisión y en internet, aunque podríamos decir que La sombra del caudillo nació muerta. Como dice Guzmán en un pasaje de la novela: “la política mexicana no conjuga más que un verbo: madrugar”. Si alguien supo de eso fue seguramente don Julio Bracho.
