¡Felicitaciones, generación 56/61!

A lo largo de seis años vivimos ese proceso de aprendizaje en el que aprendimos a ser seres humanos.

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Como dice la canción: “Año del 56, presente lo tengo yo”, porque, en ese año, un hato de casi 300 adolescentes llegábamos por Insurgentes y la flamante avenida Universidad hasta la UNAM, y al contemplar el frontispicio de la Facultad de Medicina, nuestra mente se llenaba de sueños, los 300 queríamos ser médicos e iniciábamos el camino estrenando las aulas de la Facultad, en un ambiente festivo, inquietante, único e irrepetible.

A lo largo de seis años vivimos ese proceso de aprendizaje de mucho más que anatomía o bioquímica, aprendimos a ser seres humanos, tanto nosotros —que éramos mayoría— como las compañeras, que formaban menos de 5% del grupo, todos, pusimos nuestro mejor empeño, nuestras desveladas, nuestros esfuerzos de memoria, para convertir aquellos sueños en realidad.

En ese proceso, nuestros maestros: Quiroz, Acosta Vidrio, Sámano Bishop, Laguna, Pardo Codina, De la Florida, De la Fuente, Pérez Tamayo, Méndez, Chávez, Quijano, Pacheco, Torroella, y tantos y tantos más, sembraron en nuestra mente la semilla de lo que llegaríamos a ser en el resto de nuestra vida y, gracias a ellos, hace 50 años, después del examen profesional, salimos a conquistar el mundo con el título de médico cirujano en la mano.

Cada uno de nosotros tiene sus recuerdos, cada uno, su maestro preferido, aquel que, con una frase, un consejo, tal vez con una reprimenda, logró transformarlo de adolescente ilusionado en un médico hecho y derecho.

Debo decir que me siento orgulloso de pertenecer a la generación que inauguró la Facultad de Medicina allá en la UNAM porque, después de esos seis años de estudios, ya con el anhelado título en la mano, muchos colegas buscaron la perfección en las especialidades, en las maestrías, en los doctorados, y confirmaron aquella sentencia de mi tía que me decía: “Ustedes los médicos nunca dejarán de estudiar”.

Y, en estos 50 años, hemos visto con satisfacción cómo nuestros compañeros han sobresalido en sus especialidades, algunos han sido pioneros de nuevos tratamientos y nuevas cirugías, otros son investigadores de talla internacional, muchos han recibido premios y reconocimientos a México y en el extranjero, ha habido presidentes de sociedades y de academias, de Cirugía, de Medicina, de Ginecología, etcétera, han sido directores de hospital y de institutos de salud, altos funcionarios de la Secretaría de Salud, del IMSS, del ISSSTE; secretarios de Salud en su estado natal, y algunos han llegado a escalar puestos políticos de importancia, así que nuestra generación está orgullosa de todos ellos.

Pero también nos enorgullecemos de quienes dedicaron y dedican su vida a la atención médica diaria, en su consultorio, en ciudades grandes o pequeñas, dando alivio y consuelo a cientos, miles, decenas de miles, de seres humanos.

La vida nos permite celebrar medio siglo de ser médicos, y también nos permite recordar a quienes ya no están aquí; el número es grande —más de 50 ya no están con nosotros—, pero siguen y seguirán en nuestra memoria.

El inmenso gozo de celebrar en estos días 50 años de haber terminado nuestros estudios es mayor al compartirlo con los compañeros recordando cómo, hace más de medio siglo, llegamos como ratones atolondrados a la explanada de la Facultad, preguntando: ¿A ti con quién te tocó anatomía?

        *Médico y escritor

        raalvare2009@hotmail.com

            www.bienydebuenas.com.mx

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