Público suficiente

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

A través de leyendas celtas e historias medievales contadas a lo largo de siglos, que eventualmente se transformaron en novelas históricas gracias a la pluma de un escritor británico, y clérigo, llamado Godofredo de Monmouth, se conformó lo que hoy se conoce como el ciclo artúrico: el conjunto de leyendas y obras literarias que narran la historia del rey Arturo, Camelot, la Mesa Redonda y Merlín. Éste último es un personaje ficticio, seguramente inspirado en profetas históricos, quien, apoyado en su vasto conocimiento científico, educa a Arturo desde niño, lo guía en su ascenso al trono y lo ayuda echando mano de sus virtudes mágicas, las cuales incluyen la clarividencia, el dominio de la naturaleza, la capacidad de transformarse (en pato, por ejemplo) y un gran dominio de la política que lo consolidan como el estratega de Britania. Por lo anterior, el nombre del reconocido por la FIFA como “embajador de la Host City Ciudad de México” en el Mundial 2026, el pato Merlín, es perfecto.

Ayer se invitó a la familia que cuida al pato Merlín al Palacio Nacional para presentarla ante los medios, por ser “un asunto de humanismo”, según se dijo, y para “ayudarles a que la fama que han adquirido se traduzca en mejora en su calidad de vida”. Al escuchar esto, es casi imposible no evocar las reflexiones de Séneca o Schopenhauer, quienes estaban convencidos aproximadamente de lo contrario: la fama más bien tiende a empeorar la calidad de vida de quienes la “padecen”. Por ello, el primero nos regaló una bella expresión cuando aconseja a su amigo Lucilio: “Somos uno para el otro público suficiente”; y el segundo advirtió que no hay que depender de la fama, puesto que eso vuelve nuestra autoestima esclava de los juicios de los otros: “La verdadera y principal existencia de cada hombre reside en su propia persona, no en la opinión de los demás”. Es por esto que alegra el gesto de la afición albirroja tras la victoria de su selección frente a la de Turquía. Los guaranís replicaron el comportamiento de los japoneses, se organizaron, recogieron la basura de sus asientos y dejaron las gradas impecables. No cabe duda de que eran conscientes de que ya no tendrían el esplendor de la originalidad, porque sabían que serían comparados con los japoneses, pero precisamente eso les da mayor valor, porque permite sospechar que no lo hicieron por el “encanto del aplauso de las multitudes” (expresión de Séneca), sino por una genuina convicción del valor de una acción de civilizada consideración que debería seguir cundiendo.

Otra afición que fue elogiada fueron los “Cafeteros” de Colombia, quienes sorprendieron al dejar de lado sus celulares para alentar a su selección sin estar permanentemente ocupados en grabarse a sí mismos para publicar sus festejos en redes sociales. Algunos reporteros compararon su conducta con la de quienes han conformado la afición mexicana, muchos de los cuales, según opinaron, constantemente prefieren autograbarse para exhibir sus festejos, en vez de estar completamente presentes en la experiencia y atesorar los recuerdos en su memoria íntima. Lo interesante de estas dos actitudes contrastantes es que, tal vez haga falta no depender del escrutinio externo para tener el valor de imitar las conductas que son valiosas para el bien común.

PETLESS

“Traigan su bolsita y junten su basura, porque luego somos nosotras, las trabajadoras, las que nos llevamos la friega”. Esto dijo Blanca, una trabajadora que tuvo que ayudar a recoger las 40 toneladas de basura que dejaron los aficionados en el Zócalo capitalino, el Centro Histórico y el Ángel de la Independencia, tras el México-Corea. No tiene una mascota famosa, pero hacerle caso también es un asunto de humanismo.