Secos y mojados
Me gusta caminar, pero lamento que otras personas tengan que nadar en esta temporada de lluvias
Me gusta mucho caminar. Gracias a ello, el pasado miércoles que cayó un aguacero de aquellos en la Ciudad de México (o en parte de ella), no me pesó caminar más de hora y media hasta mi casa. Mi amigo el Negro Hipólito y yo nos bajamos del taxi en que veníamos desde Satélite, pues nos dimos cuenta que llevábamos más de 40 minutos en la misma calle de Polanco.
No habíamos reparado en el tiempo que había pasado pues el taxista traía un playlist en su sistema de sonido que nos dejó paralizados debido a lo ecléctico de su selección: Moenia, Los Tucanes de Tijuana, RBD, Blind Melon, K-Paz de la Sierra, Cat Stevens y esa de Hello!, que tiene todo el sello de Will.i.am, aunque no sé si él la compuso.
Parecía que al Negro le daba pena (de tristeza, no de vergüenza) dejar al taxista en medio de semejante caos, pero era ridículo seguir ahí con él acumulando pesos en el taxímetro.
Desde que nos subimos, el taxista nos anunció que allá en el DF había llovido torrencialmente. Pronosticaba tráfico denso y su vaticinio no salió errado. Al llegar a Río San Joaquín la velocidad se redujo hasta llegar al vuelta de rueda clásico de nuestra capital. Los charcos que esquivamos demostraban que había llovido a cántaros. Toda el agua que debía caer ya lo había hecho, pues ahora sólo nos acompañaba un ligero chipi chipi.
Los conductores de otros coches nos vieron con envidia al vernos bajar del taxi y comenzar a caminar, pues ellos no podían hacer lo mismo. No podían dejar su coche botado en medio de la calle, que más bien parecía un inmenso estacionamiento. Esquivando charcos, una hora después, llegué a mi casa. Al entrar a mi hogar, dulce hogar, aún escuchaba los claxons desesperados de los conductores atrapados en el congestionamiento.
Decía que me gusta caminar. De vehículos de cuatro ruedas utilizo taxi, pues cada vez me pone peor tener que manejar. Al transporte público no me puedo subir. Los fans o detractores de mi grupo me preguntan (a veces amable, a veces no tanto): “¿y tú qué haces aquí?”. No sé ustedes, pero yo no puedo viajar tranquilo de esa manera.
Así que cuando no consigo taxi me pongo a caminar hasta encontrar un Sitio en donde esperar uno. Hay veces que éstos están a cientos de metros de donde estoy, o a uno o dos kilómetros. Una vez fui al periódico Excélsior, que está ahí enfrente del Caballito, de Sebastián. Salí a la calle y una manifestación cerraba el paso a los automóviles. Decidí caminar por Reforma hasta encontrar vías menos congestionadas y conseguir un taxi. No lo encontré, así que poco a poco me fui acercando a la Condesa y tiempo después ya estaba en casa.
Lo interesante de caminar es que ves cosas que de otra manera sería imposible. Descubres tiendas y restaurantes que no sabías que existían; monumentos a los cuales puedes ponerle atención y ver lo horribles que son; fachadas de edificios o casas que son verdaderas obras de arte. Me gusta ver también que algunos árboles no se dejan amedrentar por el asfalto y el concreto y se expresan rompiendo banquetas. Me gusta descifrar la historia de una acera observando el collage que diferentes parches de cemento y supuestas remodelaciones crean en el lugar en el que voy pisando.
Sucede algo extraño cuando llueve. La calles, cruces, aceras y parques parecen otros a cuando estaban secos. La geografía de los lugares que conocemos cambia. Aparecen pequeños lagos y ríos donde no sabíamos que existían. Zonas resbalosas donde antes pisábamos con paso seguro. Lodo en donde dábamos por hecho que la civilización había ganado.
Uno no conoce bien a bien su nueva casa o departamento hasta haber pasado por lo menos una temporada de lluvias ahí. Conozco gente que descubre que se cambió a vivir a una alberca sin saberlo, sólo porque vio su futuro hogar en temporadas más secas.
Me gusta caminar, pero lamento que otras personas tengan que nadar en esta temporada de lluvias, debido al alto nivel que alcanzan las aguas en ciertas zonas de nuestra metrópoli.
Nuestros dirigentes políticos, que podrían solucionar muchos de estos problemas, deberían caminar más, para que vean como son las cosas a nivel del suelo.
Y, por qué no, poner un poquito (o mucho) de ese gran sueldo que perciben para guiar las aguas a donde deben ir.
