México resiente los efectos de la desaceleración estadunidense

- Hay que señalar también que la crisis dejó entrever que no contamos todavía con un mercado interno lo suficientemente desarrollado y fuerte para amortiguar los efectos negativos.

Los vínculos comerciales y financieros entre la economía mexicana y norteamericana son tan estrechos que hay una sincronía casi perfecta de los ciclos de negocios de ambos países. La prueba más palpable ocurrió en 2008-2009, cuando en México se resintieron, más que en cualquier otro país emergente del mundo, los efectos de la crisis global, una crisis cien por ciento made in USA (el PIB se contrajo ese año en 6.5%). Lo anterior ocurrió, no obstante los sólidos fundamentales macro de México: disciplina fiscal y monetaria, baja inflación; sistema financiero sólido; moderado déficit de la cuenta corriente; altas reservas internacionales; y una deuda externa pública moderada, con un cómodo perfil de vencimientos, entre otras fortalezas.

Aunque resentimos fuerte los efectos de la crisis externa, si no se hubiera contado con la fortaleza de esos fundamentales, el deterioro habría sido mayor y la recuperación más lenta y lastimosa en términos de generación de empleos y bienestar económico.

No obstante, hay que señalar también que la crisis dejó entrever que no contamos todavía con un mercado interno lo suficientemente desarrollado y fuerte para amortiguar los efectos negativos que derivan de eventuales choques externos severos como el que recién nos impactó.

Aunque las probabilidades de una nueva recesión en Estados Unidos se presumen bajas (de acuerdo con encuestas recientes promedian alrededor de 20%), la economía de ese país ha perdido impulso en los últimos meses y avanza a un ritmo por debajo del que se tenía previsto. El menor crecimiento parece obedecer a factores diversos, algunos de carácter temporal, entre los que destacan: malas condiciones climáticas; problemas asociados al suministro de componentes industriales por el terremoto y tsunami en Japón; un gasto en defensa por debajo del que se tenía previsto; altos precios de los energéticos y alimentos; e incertidumbre por la situación de deuda en algunos países de Europa. Ello, sin considerar la alta tasa de desempleo y el proceso de desendeudamiento en los hogares estadunidenses.

En México comenzamos a resentir los efectos de este menor crecimiento. Los principales datos económicos han dado cuenta de esta situación desde finales del primer trimestre. El Indicador Global de la Actividad Económica reportó en marzo un crecimiento anual de 3.6% en términos reales, cuando en enero y febrero los incrementos fueron de 5.9% y 4.6%, respectivamente.

Datos más recientes, como el de la producción industrial de abril, reflejan este menor dinamismo de la actividad productiva. El crecimiento anual observado, de 1.4% real, aunque influenciado por el efecto estacional del periodo vacacional de Semana Santa, obedeció en buena medida a la desaceleración de su contraparte en Estados Unidos.

De igual manera, exportaciones e importaciones no petroleras siguen al alza, aunque con un menor ímpetu: Datos a abril apuntan crecimientos anuales de 9.0% y 7.4% en cada caso, cuando en enero-marzo los incrementos promediaron 20.7% y 18.6%, respectivamente.

Hasta ahora las apuestas se inclinan mayoritariamente en favor de una recuperación de la economía estadunidense en los siguientes trimestres, lo que se apoyaría en el retorno a la normalidad en la producción y suministros de Japón, en un sostenido gasto de la inversión privada (hay un buen ánimo de los productores de ese país), en menores precios de la energía (algunos estiman que el precio del WTI podría alcanzar los 85 dólares por barril) y condiciones de menor incertidumbre en Europa, conforme se despejen las dudas con respecto a la aplicación de programas de ajuste en las economías con mayores problemas como recién ocurrió con Grecia.

En la medida en que la recuperación tienda a fortalecerse en Estados Unidos, como se tiene previsto, la producción en México deberá regresar a patrones de comportamiento más sólidos, lo que deberá traducirse en mejoras adicionales en empleo e ingreso.

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