Nuestro mar: las playas de Tampico
Visito el XXX aniversario de la FIL, Feria Internacional del Libro Politécnica en el impresionante Centro de Convenciones.
Ya me andaba por escribir mi regreso a Tampico, aquella ciudad de casitas de madera con ventanas de guillotina y mis primas hermanas las Romero Hinojosa con sus vestidos blancos impecables y diamantinos y las excusabarajas, las canastas tejidas y con correas de cuero para cerrarlas, y adentro anillos grandes y chicos a fuer de ensartarles vasos y platos, listas para llevarlas a la playa. La playa (nosotros tierra adentro le decíamos “el mar” nada más). Tampico era en mi memoria niña gris, como un edificio aduanero de película polaca. Mi tío Octavio, gran señor que aromaba deleitoso, nos acarreaba al mar en su auto, yo rezando para no sobrevenirme un norte arruinándonos la algarabía de la pandilla. Éramos como las muchachas en flor de Proust, traviesas y de largas piernas doradas. Hoy ya crecimos todas, ellas hasta bisabuelas son ¡el colmo!; mi hermana y yo parecíamos ahora las señoritas Vivanco. Tampico nunca se ha igualado con Ciudad Madero y sus colonias amaderadas sino una ciudad trigarante de un solo piso y su población vibrando de trabajo, sin temor por la violencia con cara de carnaval monstruoso. Se ve en sus grandes colonias de los pudientes por qué la escogieron los gangsters para hacerla víctima.
Visito el XXX aniversario de la FIL, Feria Internacional del Libro Politécnica en el impresionante Centro de Convenciones y Exposiciones, frente a la laguna Carpintero, tan hermosa que distrae la majestuosidad moderna del gran edificio digno de digamos Berlín, por jugar a su importancia. Hay exposiciones, en una de ellas diviso la figura amada de Lázaro Cárdenas, fundador del IPN, para que los jóvenes pobres de nuestra patria estudiaran (no los mandó a pedir becas y a “echarle ganas” como el lastimoso personaje ranchero… él les dio todo un instituto potente como un cohete a la luna). Hay teatro, conciertos, literatura y muchos libros y más aún conferencias. Los tamaulipecos van con su cara sana y ríen y aplauden y conocen por mí un poco más de lo que fue ese hombre fabuloso: Diego Rivera, mi guanajuatense-bandera, conferencia impartida para comprobar humildemente que Diego sí existe y Dios sí existe. Y Tampico también, nada de “tampoco”.
Yo entiendo la posibilidad de mi artículo dedicado a temas actuales, no sé…al Chango capturado, al pobrecito pingüino perdido en una playa cualquiera, las ballenas muertas quién sabe por qué, los pleitos endemoniados de “actroces” como les decía Margarita Michelena. Llorar por mis colegas periodistas asesinados, brindar de gusto porque es candidato el excelentísimo cineasta Jorge Fons al Premio de Ciencias y Artes (¡ése es un premiado de a deveras no los eternos “de siempre”). O contar el éxito de la presentación del par de libros aladamente titulados ¡Óyeme con los ojos! como diría sor Juana Ines de la Cruz, que elaboró tal madre abadesa Patricia Rosas Lopátegui, en Bellas Artes que le ninguneó fecha y salón. En fin, pero por lo menos le hablo a ustedes de lo que nadie más.
*Periodista y escritora
