Envilecimiento social
El crimen organizado ha constituido sus bases de apoyo ejerciendo de facto las funcionesde los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Eso ya lo sabíamos. La novedad es que, por si esausurpación del poder civil no fuera suficiente, ya hay narcos que asumen también el poder religioso.
El narcotráfico ha corrompido a muchas personas en todo el mundo. La disyuntiva de plata o plomo que los narcos ofrecen es bastante persuasiva, porque tienen muchísima plata y muchísimo plomo. Pero una cosa es que algunos representantes de la autoridad acepten sus sobornos a cambio de darles información y/o protección, que algunos ciudadanos no se atrevan a denunciarlos o los ayuden por temor a sus amenazas, y otra cosa es que familias y pueblos enteros se conviertan en su base social. Esta gente no es profesional de las complicidades ni está atemorizada; se trata de hombres y mujeres, adultos y niños, que colaboran voluntariamente con los cárteles. Forman parte, de hecho, de esas redes criminales.
La mafia italiana fue el paradigma de esta popularización de la delincuencia. Libros y películas divulgaron la forma en que operaba (u opera) la cosa nostra, cuyos capos se convertían en señores y dadores de vida y muerte, padrinos que dictaban todas las agendas y resolvían los conflictos surgidos entre los ciudadanos bajo su manto de influencia. Su papel era el de jueces que exoneraban a quienes asumían inocentes y condenaban a los que consideraban culpables, procuradores y verdugos que ordenaban arrestos y castigos corporales o sentencias de muerte, legisladores del orden comunitario. Si bien daban empleo, prestaban dinero y hacían favores, también cobraban cuotas de protección, aterrorizaban a los extraños y aniquilaban a sus enemigos. Pero gozaban del afecto y hasta de la devoción no sólo de aquellos que pertenecían a su famiglia sino además de vecinos y demás integrantes de la comunidad.
México ha llegado a esos niveles de descomposición social. El crimen organizado ha constituido sus bases de apoyo ejerciendo de facto las funciones de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial en los estados y municipios que controlan: cobran impuestos, patrullan y hacen obra pública, deciden las reglas del juego y los códigos de “honor”, dictaminan quiénes son buenos y quiénes son malos. Y la gran mayoría de las personas que viven ahí lo aceptan de buena gana. Hay a quienes en un principio no les gusta la idea y sólo por miedo la aceptan, pero con el tiempo casi todos acaban por considerarse privilegiados. Más aún, a la larga los invade un sentimiento de gratitud y lealtad, porque dejan de considerar anómala la situación y se acostumbran a ver a los delincuentes como sus autoridades legítimas.
Eso ya lo sabíamos. La novedad es que, por si esa usurpación del poder civil no fuera suficiente, ya hay narcos que asumen también el poder religioso. Se erigen en ministros de culto y hasta en profetas. Y aquellos que ayer los admiraban como jefes terrenales hoy, en un paso más hacia el mundo al revés, los veneran como jefes espirituales. Quienes antes estaban dispuestos a alertarlos y a ocultarlos ahora son capaces de dar la vida por ellos. En estas circunstancias el respaldo popular a sus actividades ilícitas se vuelve absolutamente incondicional.
La distorsión de valores que se está produciendo es brutal. Una mezcla de autoengaño y tergiversación axiológica da como resultado la legitimación del gansterismo, del envenenamiento, de la tortura, del asesinato. Es difícil imaginar algo más corrosivo para una sociedad. En el nombre de una ley espuria y de un dios de pacotilla se justifican los actos más abominables, se validan las peores atrocidades. Los padres enseñan a sus hijos que deben acatar el mandato de semejantes organizaciones y respetar y obedecer a quienes las dirigen. En estos lugares se está gestando una generación de mexicanos, ya no inmorales, sino amorales o postmorales.
Nuestro país era ya almácigo de corrupción. Como he explicado varias veces en este espacio, históricamente ha habido aquí una proclividad a evadir y violar la ley, a avalar las componendas y los enjuagues que aceitan un engranaje de corruptelas cotidianas. Pero el poderío corruptor del narcotráfico está provocando algo mucho peor: está envileciendo el tejido social de México. Dicen los miembros de Alcohólicos Anónimos que sólo cuando se toca fondo se busca genuina e irreversiblemente la rehabilitación. Quiero pensar que en el ámbito de la inseguridad y de la moralidad los mexicanos nos encontramos a punto de tocar fondo, y que en consecuencia estamos cerca de procurar nuestra redención. Ojo: dije redención, no ajuste o mejoría, no salida de la crisis. A eso, a creer que las luces del próximo tren que se nos viene encima son el final del túnel, nos hemos dedicado durante demasiado tiempo. La solución que necesitamos ha de ser del tamaño de nuestro problema, que es enorme. Nos urge un verdadero renacimiento. Tenemos que forjar una cifra identitaria, una revolución educativa, una nueva Constitución; tenemos que engendrar en esta nación a un nuevo ser humano. Sé que hay quienes juzgan exagerado decirlo, pero yo no: estamos al borde del abismo. Y si seguimos cerrando los ojos ante la realidad nos vamos a ir de bruces.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
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