Se busca estadista

“Los grandes liderazgos morales no se construyen en el vacío. Se construyen en ese tiempo sin tiempo en el que conviven la desolación y la esperanza. Por supuesto, se construyen también en ese espacio de ejemplaridades conceptuales en el que es posible garantizar ...

Francisco Zea

Francisco Zea

Línea estratégica

“Los grandes liderazgos morales no se construyen en el vacío. Se construyen en ese tiempo sin tiempo en el que conviven la desolación y la esperanza. Por supuesto, se construyen también en ese espacio de ejemplaridades conceptuales en el que es posible garantizar plenamente la libertad y la dignidad de los ciudadanos sin dejar de satisfacer las exigencias de un equilibrio histórico cada vez más desarrollado y de un ejercicio sereno y realista de las responsabilidades que impone el poder.” Con esta palabras describe Bartolomé de Vedia, periodista argentino, a Raúl Alfonsin, en el diario La Nación de ese país y lo titula “Un estadista con fuerte liderazgo moral. Fue el hombre que logro desplazar el odio irracional y la violencia ilógica de la Argentina de 1983 y ponerla en la vía del desarrollo y del triunfo”.

En un análisis pausado debemos de reconocer que los periodos de los presidentes de las transiciones siempre son turbulentos. En la España posfranquista, en su ruta hacia la democracia, los factores reales del poder conspiraban constantemente en contra de la administración de Adolfo Suárez. Estos constantes ataques resultaron en la materialización del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, impulsado presuntamente por el general Armada y operado por el teniente coronel Tejero. Adolfo Suárez, quien como todos los presidentes de transición tienen el “síndrome del maltrato” y sienten y piensan que la gente, los medios, los otros políticos e incluso los de su mismo partido, no dimensionan el tamaño de sus logros y el alcance de sus políticas. Fue un héroe del desmontaje, logro neutralizar a los franquistas e incluso legalizar a los comunistas, pero nadie lo quería para ese momento de 1981, en que Calvo Sotelo juraría como presidente. Pero, sin duda y a la luz de los años, los españoles le reconocen a Suárez, sobre todo el pueblo raso, el merito de reconciliar y sentar las bases de la democracia española.

En 2006, a unos días de las elecciones presidenciales, fui interrogado por el auditorio, sobre la intención de mi voto. Dije la verdad, que no pensaba votar, porque ninguno de los candidatos tenia la estatura del estadista que este país necesitaba. La declaración fue muy mal recibida por los contendientes, cuyos equipos me mandaron fuertes reclamos.

Hoy en 2010, con la mira equivocadamente puesta en 2012, pienso exactamente lo mismo, por lo menos con los aspirantes que se barajan. No veo, no leo, no siento, no percibo a un estadista. Y digo equivocadamente, porque un país que se debate entre 50 millones de pobres, en una violencia que aunque se combata no cesa y que tiene una legislación atrasada 50 años, es criminal que piense de forma tan anticipada en el proceso electoral.

Viendo hacia atrás, el señor Fox dilapidó la fuerza del cambio, tiró por la borda la esperanza de millones de mexicanos que creímos que este país renacía ese julio de 2000, cuando el PAN ganaba la Presidencia. Tengo que confesar que, el lunes después de la elección, tenía en el escritorio de la cabina de radio de la XEW, donde laboraba en aquel entonces, un ejemplar de un periódico de circulación nacional, en que se leía: “Fox Presidente”, y cuando lo dije al aire tuve que contener la emoción y las lágrimas. Hoy, cuando leo lo que dice Fox, me pasa más o menos lo mismo, lloro, pero de la risa. Fox no supo ser Adolfo Suárez, no supo pactar con la izquierda, no supo hacer de López Obrador un aliado del otro lado de la acera ideológica, como Suárez lo hizo con Santiago Carrillo,  líder de los comunistas proscritos en la época de Franco. Vamos, Fox no le ajustó cuentas ni a su esposa. Entiendo que esa España y este México son muy distintos, pero aquí no pasó nada.

Al actual Presidente no me acelero en analizarlo. ¡Esto no termina hasta que canta la gorda! Como dice la expresión popular referida a la ópera. Pero tampoco me siento muy ilusionado al respecto de lo que pasa en México.

Para 2012 necesitamos a un estadista. Un hombre o una mujer que devuelva la esperanza a este país. Que ponga las prioridades en orden. Que entienda que México está antes que cualquier partido político. Que le devuelva a las instituciones su nivel y respeto. Que sea el líder moral de todos los mexicanos sin importar su ideología, su color o su opinión. Que impulse la transformación legislativa, las reformas políticas. Que logre la conciliación nacional. Que logre, lejos del discurso, abatir la pobreza, la inseguridad y la corrupción. Que sea un líder moral indiscutible.

Hasta hoy no veo a nadie de  esa estirpe. Algunos hacen política como si la Presidencia la decidieran entre el ¡Hola!, el Quién y el Caras. Otros la hacen construyendo e inaugurando y al tiempo reuniendo su “guardadito” para enfrentarse en 2012. Otros se están apagando sumergidos en la soberbia y la amargura del fracaso. Y otros simplemente no se notan en un lienzo de tonos grises y en el miedo o la incapacidad. Y no existe tampoco nadie con perfiles de estadista, porque los partidos políticos en este país no han sido caldo de cultivo para estadistas. Han servido como clubes de privilegios. Como escuelas de la mentira y la simulación.

México necesita un estadista: ¿Quién se apunta?

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