Por Elizabeth Palacios
Hoy, cualquier persona en una posición de liderazgo debe hacerse una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿mi reputación fortalece o pone en riesgo a la organización que represento? En la era del escrutinio digital, la huella profesional dejó de ser un asunto privado para convertirse en un activo estratégico —o en una vulnerabilidad silenciosa— con impacto real en el valor de las empresas.
El mercado global ha cruzado un punto de no retorno. Lo que inició como un marco de cumplimiento para las corporaciones —los criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés)— ha permeado el terreno de la reputación individual. La valía de una empresa no se mide sólo por la verticalidad de su organigrama, sino por la trazabilidad del impacto de quienes toman decisiones en su nombre.
En la economía del propósito, la pregunta en los consejos directivos ya no es sólo qué hace una organización, sino cómo la coherencia personal de sus líderes blinda —o vulnera— la confianza que sostiene su legitimidad social.
Durante años, la marca personal fue malentendida como un ejercicio superficial: una extensión del marketing tradicional o un “maquillaje” reputacional reservado para altos ejecutivos. Desde la comunicación estratégica, sin embargo, la marca personal es la gestión consciente de la licencia social de un profesional. Y no, no se trata de transformar a los CEO en influencers, sino en líderes de opinión con criterio, respaldados por conocimiento auténtico y decisiones verificables.
En 2026, la transparencia dejó de ser una aspiración para convertirse en una norma. La simulación —o el greenwashing personal— es castigada por el escrutinio digital con la misma severidad que los errores operativos. Hoy, la coherencia es el activo intangible más rentable. Ya no basta con ser visible; es imperativo ser validable.
LA PARADOJA DE LA CONFIANZA
Más allá de los reportes de sostenibilidad, las personas en cargos directivos tienen la posibilidad —y la responsabilidad— de demostrar liderazgo real en espacios digitales, a través de narrativas diseñadas para dejar una huella congruente y con impacto tangible. El desafío no es menor. No basta con poseer conocimiento técnico; es indispensable saber comunicarlo sin caer en la retórica vacía. El Edelman Trust Barometer 2024 revela que, aunque las empresas son percibidas como más competentes que los gobiernos, 61% de las personas teme que los líderes empresariales los engañen mediante promesas infladas. Aquí, la comunicación estratégica deja de ser un accesorio para convertirse en un filtro de integridad. Es el mecanismo que separa el impacto genuino del oportunismo narrativo. ¿Cómo lograrlo? Renunciando a la autopromoción y apostando por la creación de valor, el intercambio de conocimiento y la construcción de redes de confianza real entre pares.
TRES PILARES DE GOBERNANZA INDIVIDUAL
Desde mi práctica como consultora, observo que la marca personal en la era ESG debe gestionarse bajo tres pilares:
Trazabilidad. ¿Puedo demostrar el beneficio social o ambiental de mis decisiones profesionales pasadas? Sin evidencia, la narrativa pierde legitimidad.
Vigilancia del say–do gap. Reducir la distancia entre lo que comunicamos y lo que ejecutamos. La transparencia no es opcional; es una exigencia permanente.
Narrativa de valor. Traducir métricas técnicas en un lenguaje comprensible y relevante para los distintos stakeholders, construyendo puentes de confianza sostenibles.
Nada de esto funciona si no se parte de dos principios humanos: la autenticidad y la generosidad. Estamos saturados de discursos prefabricados, por ello la autenticidad se ha convertido en el único antídoto contra el cinismo del mercado. La generosidad es lo que transforma una trayectoria exitosa en un legado con impacto.
Nuestra huella profesional no se define por los títulos acumulados ni por las fronteras cruzadas, sino por la integridad de nuestra comunicación y la profundidad del cambio que generamos en las organizaciones que tocamos, sin importar el sector. El propósito nos exige dejar de ser espectadores para convertirnos en estrategas de una nueva realidad. El color de nuestra huella no puede ser pintura superficial ni maquillaje narrativo; debe ser el reflejo de un compromiso genuino con la verdad y con el futuro.
