Ni desempleo masivo ni paraíso

La evidencia aún no muestra una desocupación a gran escala provocada por la inteligencia artificial. Los riesgos más inmediatos son el cierre de oportunidades de entrada, el deterioro de las condiciones laborales y la concentración de los beneficios

La IA transforma tareas, redefine empleos y plantea desafíos sobre productividad, distribución de la riqueza y calidad laboral.
La IA transforma tareas, redefine empleos y plantea desafíos sobre productividad, distribución de la riqueza y calidad laboral.Ilustración: Jesús Sánchez

CAPÍTULO 12

La evidencia aún no muestra un desempleo masivo provocado por la IA. Los riesgos más inmediatos son el cierre de oportunidades de entrada, el deterioro de las condiciones laborales y la concentración de los beneficios.

Muchos libros, artículos y periódicos anuncian el fin del trabajo ante el avance de la inteligencia artificial (IA). Según la consultora Challenger, Gray & Christmas, las empresas estadunidenses han atribuido a la IA más de 112 mil recortes de empleo anunciados en lo que va de 2026. Son atribuciones empresariales, no causas comprobadas. Economistas como Carl Benedikt Frey, de Oxford, sospechan que algunas compañías invocan la IA para justificar ante sus inversionistas ajustes que obedecen a otras razones.

Los datos generales tampoco muestran un desplome. En julio, las nuevas solicitudes de seguro de desempleo en Estados Unidos alcanzaron su nivel semanal más bajo desde 1969. El Budget Lab de Yale no ha encontrado efectos claros de la IA sobre el empleo y los salarios en las ocupaciones más expuestas. Pero pocos despidos no significan abundantes contrataciones.

Otra señal, menos visible, aparece entre los jóvenes. En agosto, Erik Brynjolfsson y sus colegas de la Universidad de Stanford actualizaron un estudio según el cual el empleo de personas de 22 a 25 años en ocupaciones expuestas a la IA está aproximadamente un 19% por debajo de la trayectoria de sus pares menos expuestos. Entre los trabajadores experimentados no hay una brecha comparable. El ajuste se manifiesta principalmente en la reducción de contrataciones. El empleo se mantiene o crece cuando la IA complementa al trabajador en lugar de sustituirlo.

Ambos resultados pueden coexistir, ya que los pequeños cambios en el conjunto de la economía pueden ser significativos para quienes intentan acceder a ciertas ocupaciones. No prueban que toda la brecha se deba a la IA, pero señalan cuál es la pista. La IA puede estar cerrando la puerta de entrada antes de vaciar la casa.

 LA TRANSFORMACIÓN EMPIEZA POR LAS TAREAS

Un empleo reúne un conjunto de tareas. La IA automatiza algunas, complementa otras y quedan muchas fuera de su alcance. En 2017, el McKinsey Global Institute estimó que cientos de millones de trabajadores podrían tener que cambiar de actividad para 2030, aunque muy pocas ocupaciones podían automatizarse por completo. Lo habitual sería que cada puesto se transformara por dentro.

Lo nuevo es dónde incide. Las olas anteriores de automatización afectaron sobre todo al trabajo manual y rutinario. Esta crecida del tsunami llega a la contabilidad, la programación, la traducción, el análisis de datos, la atención a clientes y las labores jurídicas y administrativas. En La gran convergencia, Richard Baldwin explicó cómo las tecnologías de la información permitieron separar las etapas de la producción y distribuirlas por todo el mundo. La IA lleva esa lógica al trabajo cognitivo, con una diferencia: la tarea que se separa ya no viaja necesariamente a otro país; puede pasar a una máquina.

Algunas de esas tareas eran precisamente las que servían para aprender el oficio: revisar documentos, conciliar cuentas, escribir código sencillo, redactar primeros borradores. Si automatizamos el trabajo del aprendiz, tendremos que reconstruir el proceso que forma al experto.

PRODUCTIVIDAD NO ES PROSPERIDAD

En La segunda era de las máquinas (2014), Brynjolfsson y Andrew McAfee describieron el gran desacoplamiento con el caso de Estados Unidos, donde la productividad seguía creciendo mientras que el ingreso de la familia típica se estancaba. Daron Acemoglu y Simon Johnson muestran en Poder y progreso que no es una anomalía, pues a lo largo de la historia, las ganancias tecnológicas sólo se han compartido cuando las instituciones y el poder de negociación de los trabajadores lo han permitido.

La IA puede ampliar esa brecha. En la economía industrial, duplicar la producción exigía no sólo más máquinas, sino también más trabajadores. Los activos intangibles (bienes sin forma física, como el software, los algoritmos, las patentes o los datos) permiten llegar a millones de usuarios sin aumentar proporcionalmente la plantilla. 

El mercado laboral ha sido el principal mecanismo de distribución, en el que las empresas contratan, pagan salarios y éstos generan demanda. 

Si una parte creciente del valor corresponde al capital automatizado, sus dueños pueden apropiársela sin distribuirla mediante salarios. 

Los precios más bajos y las nuevas actividades pueden ampliar los beneficios, pero nada garantiza que compensen las pérdidas.

Incluso sin recortes de personal, la calidad laboral puede erosionarse. La supervisión constante y los ritmos impuestos por los algoritmos asfixian la independencia del trabajador, al tiempo que se multiplican las cargas sin mejora salarial. La cuestión de fondo no es sólo cuánto producimos, sino cómo lo hacemos y en manos de quién quedan las ganancias.

MÉXICO: UN IMPACTO DESIGUAL

En México, la pregunta es: ¿quién aumenta su productividad?, ¿quién pierde oportunidades? y ¿quién recibe los beneficios? Un análisis de México, ¿cómo vamos?, con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del primer trimestre de 2026 y del índice de exposición de la OIT, sitúa a 2.9 millones de trabajadores (casi 5% del empleo) en las ocupaciones más expuestas a la IA generativa, como apoyo administrativo, contabilidad, secretariado, recepción y captura de datos. Casi dos de cada tres son mujeres. Esta exposición implica una redefinición de las tareas cotidianas, más que despidos masivos.

El impacto tecnológico se concentra en el empleo formal. Mientras dos de cada tres trabajadores en ocupaciones poco expuestas son informales (66%), en las más expuestas la informalidad cae a 16.5 por ciento. La transformación golpea precisamente a los puestos de oficina con seguridad social que han servido de puerta de entrada para las nuevas generaciones. Hoy apenas 31% de los jóvenes ocupados de 15 a 24 años cuenta con un trabajo formal. Si estas plazas escasean, se cerrará una vía decisiva de movilidad social para las familias de menores ingresos y se engrosará una informalidad que ya absorbe a 55% de la fuerza laboral.

La menor exposición a las actividades informales tampoco constituye una protección duradera, pues sus mercados y competidores también cambiarán. El vendedor ambulante o el pequeño taller podrían aprovechar la IA, pero la falta de financiamiento, conectividad y formación se lo dificulta. Sin políticas deliberadas, las ventajas se concentrarán en las empresas y los profesionistas mejor preparados, y parte de las rentas fluirá hacia plataformas extranjeras. El riesgo no es un desempleo masivo, sino una brecha creciente entre quienes adoptan la tecnología y quienes pierden oportunidades, poder de negociación e ingresos.

QUÉ HACER

Reconversión centrada en tareas. Los cursos genéricos de habilidades digitales no bastan. Hay que rediseñar los puestos de entrada para que los jóvenes aprendan a trabajar con la IA mediante programas de aprendizaje en empresas, certificaciones acordadas con los empleadores y formación continua con financiamiento estable. También hay que corregir una asimetría fiscal: el empleo formal soporta contribuciones sobre la nómina, mientras que la inversión en equipo y tecnología goza de deducciones aceleradas. Los trabajadores deben participar en el rediseño y negociar cómo se reparten las ganancias entre salarios, jornadas y capacitación.

Protección social que acompañe a las personas. México no cuenta con un seguro nacional de desempleo y su protección contributiva sigue ligada al empleo formal. Se necesitan derechos portátiles entre empleos, cobertura para los trabajadores independientes y apoyo durante las transiciones. La incorporación de los trabajadores de plataformas al IMSS, iniciada con una prueba piloto en julio de 2025, sienta un precedente. También debe exigirse transparencia y revisión humana cuando un algoritmo evalúa, asigna tareas o interviene en un despido.

El debate sobre el ingreso básico. Si el empleo pierde su peso como mecanismo distributivo, cobra fuerza la propuesta de un ingreso básico universal. Sus defensores destacan la seguridad material; sus críticos, el costo y los posibles efectos sobre el trabajo. Ningún experimento ha reproducido un sistema universal, permanente y financiado a nivel nacional. Con una recaudación de 18.3% del PIB, frente al promedio de la OCDE de 34.1%, hay que elegir prioridades. Antes que dar un cheque insuficiente que deje intacta la precariedad, resulta más eficaz fortalecer la salud pública, la educación técnica y un sistema nacional de cuidados que libere tiempo para las mujeres. Gravar las rentas digitales y adoptar la tributación mínima global aportaría recursos, pero sin sustituir una reforma fiscal de fondo. Además, como advertí en mi octavo artículo, una transferencia monetaria jamás resolverá por sí sola la necesidad humana de propósito y pertenencia.

NI FATALISMO NI COMPLACENCIA

El futuro del trabajo no lo decidirá sólo la tecnología, sino, sobre todo, las instituciones que orienten su uso. El fatalismo del desempleo masivo nos paraliza, porque supone que nada puede hacerse; la complacencia del paraíso tecnológico nos desarma, porque supone que nada hace falta. La tarea es mantener abierta la puerta de entrada para los jóvenes, acompañar con formación continua a quienes deben cambiar de oficio y lograr que las ganancias de productividad de la IA se traduzcan en mejores salarios, derechos y oportunidades, y no sólo en utilidades. Esto no ocurrirá automáticamente.