‘Imposible no quererlo’; escritores recuerdan a Augusto Monterroso
Colegas evocan al maestro del ingenio, la brevedad y el humor, quien nació en Honduras el 21 de diciembre de hace un siglo

CIUDAD DE MÉXICO. Augusto Monterroso (1921-2003), considerado uno de los maestros de la minificción, fue “alguien con quien uno aprendía las cosas de manera discreta; era imposible no quererlo”, comenta el poeta Marco Antonio Campos. “Era el primero en burlarse de sí mismo y eso lo caracteriza como un escritor satírico auténtico”, agrega el ensayista Vicente Quirarte. “Memorable Monterroso. ¡Inolvidable!”, remata la escritora Bárbara Jacobs, su esposa durante 32 años.
Conocido como Tito Monterroso, el narrador y poeta nació en Tegucigalpa, Honduras, el 21 de diciembre de hace cien años; y, aunque pasó su infancia y adolescencia en Guatemala, país que sentía como su patria y del que salió huyendo de un gobierno autoritario, se estableció de manera definitiva en México en 1956, donde confeccionó y publicó toda su obra literaria.
Más allá de su microrrelato El dinosaurio (1959), definido como el más breve de la literatura universal hasta la aparición de El emigrante (2005) de Luis Felipe Lomelí, Monterroso escribió poemas, cuentos, una novela y ensayos.
Lo conocí en 1971, junto con otros amigos. Le caímos bien, lo veíamos en la UNAM y nos tenía paciencia; nos veía como ‘leídos’. Los escritores suelen no parecerse a lo que escriben; pero él sí, la sobriedad de su lenguaje se veía en su persona y su escritura. No utilizó su ingenio para aniquilar a los otros”, agrega Campos en el homenaje que le rindió la UNAM al autor de La oveja negra y demás fábulas (1969).
Le debo varias lecciones obtenidas en los dos meses que acudí a su Taller de Cuento en la Capilla Alfonsina: cuidar los adjetivos que sólo detienen la narración, oír las diferentes músicas de la prosa, que me diera cuenta de mi escasa habilidad para escribir cuentos fantásticos y el gusto por el ensayo en primera persona”, añade.
Fue un gran lector”, destaca sobre el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2000. “Leyó ante todo literatura española, latinoamericana e inglesa. Su dios, me parece, fue Cervantes. También admiró a Proust, Wilde y Joyce. Pero el que mandaba era Borges, el universo Borges; lo admiraba, lo asimilaba y luego, como él decía, salía huyendo para evitar la tentación de imitarlo”.
Campos señala que el autor de una única novela, Lo demás es silencio (1978), fue siempre consciente de que sus libros tenían niveles para sus lectores. “Sabía que en los textos con referencias debía usarse la ironía, y que las fábulas no debían llevar siempre un mensaje. La crítica ha apuntado como certezas de Tito la brevedad, el bien decir y el humor. Aunque él detestaba que lo vieran como humorista. Creo que su libro más representativo es Movimiento perpetuo”.
Quirarte, otro participante en el homenaje, considera a Monterroso “uno de los más grandes e influyentes hombres de letras, que fue escritor a pesar de sí mismo”.
El investigador evocó “las luchas” del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1996: “sus frustraciones con la escritura crean una escuela, creó un personaje que quiere crear, fue una metáfora dolorosa. Los verdaderos humoristas son en el fondo pesimistas. En su obra no existe la intención de decir la última palabra, tiene el sentido de ser abierta. Su escritura está en incesante movimiento, apostó por una obra-vida”.
Por su parte, Bárbara Jacobs conoció a Monterroso en 1970, cuando se integró a su Taller de Cuento y confiesa que “nunca dejé de ser su discípula y, cuando murió, nunca asumí el papel de viuda”.
La autora de Vida con mi amigo (1994), libro inspirado en su relación con Tito, explica que “a lo largo de los 32 años y dos meses que fui su mujer, puedo afirmar que Monterroso y yo, por su iniciativa, nos la pasamos viajando. Desde recién nacida y en adelante (tengo 74 años) nunca me atrajo ni me gustó viajar. Siempre acepté, a pesar del miedo, que rayaba en pánico”.
Por esta razón, recuerda con precisión los Principios de viaje que él le recomendaba y que le daban confianza y le ayudaban a vencer su ansiedad. “Pero, la víspera del regreso a casa, le fascinaba darse un baño de tina. Qué placer, qué satisfacción, qué gusto irradiaban de la expresión de sus ojos, de su sonrisa. Memorable Monterroso. ¡Inolvidable!”, concluye.
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