¡En el mercado de la bom-ba!

Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario

thumb
Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario
Ver galería
thumb
Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario
Ver galería
thumb
Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario
Ver galería
thumb
Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario
Ver galería
thumb
Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario
Ver galería
thumb
Creemos que los drásticos cambios de la vida sólo se dan después de un largo trecho generacional: la manera en que jugábamos muestra lo contrario
Ver galería

CIUDAD DE MÉXICO.

La «cascarita», el stop, policías y ladrones, el aro, el resorte, los «picotazos» de trompos, la cocinita, pelota-pateada-escondida —así le llamaban a las escondidillas las «inteligentes» de la bolita—, el Lobo, la Vieja Inés…, sólo por mencionar algunos, eran los juegos que, dulcemente, fatigaban a la infancia mexicana que creció en generaciones pasadas, no muy lejanas.

En la actualidad —ni mejor ni peor, más bien distinta—, los churres ya no juegan de la misma manera: si van en el metro, están metidos en el celular; si se hallan en casa, se pierden online vía Play Station o consolas afines; si caminan por la vía pública con sus vecinitos: «Mira, ven. ¿Ya viste lo que puso el Kevin y la Katy en su Feis»? Hoy en día, un servidor no ha escuchado a las niñas cantar:

Eeeen el mercado de la bom-ba (dibujaban un circulo frente a ellas, enorme e invisible, con sus dedos índices), haaay una zapaterí-a (golpeaban el talón se su calzado con la yema de los dedos), dooonde van las chicas gua-pas (el dorso de la mano empujaba su cabello por detrás del hombro), aaa tomarse la medi-da…”

¡Hasta coreografía tenían las condenadas chamacas! El canto-juego era todo un ritual desbordado de imaginación, destreza, velocidad, sinceridad e inocencia que apenas si lograba ser comprendido por aquellos adultos que eran transportados, momentáneamente, a la infancia, después de observar a las niñas presumir dichas habilidades.

Por su parte, los hombrecitos miraban al sexo opuesto como si les importara «una pura y dos con sal», pero bien que andaban formando sus pinitos en materia de enamoramiento; mientras se mentían a sí mismos, para no difamar la barbaridad de que Juana o Chencha les gustaba, escondían sus asomos de dulce dolencia a través de debates y retos para con el prójimo: «a ver si sí traen para el fucho»:

El que pierda la reta, paga las Lalitas”— ¡ah!, esas mentadas Lalitas de verdad que sabían a gloria después de un cardiaco partido de futbol, en el que tú pedías interpretar a Alessandro Del Piero, y Pedrito, siempre en la pura onda retro, se metamorfoseaba en Hugo Sánchez.

— ¡Órale, juega! Pero «primis» en sacar: ¡mira a quiénes me dejaste! Al Quique y al Ulises— y este capitán, único en su especie, porque aceptaba a los lentos y a los dos-patas-derechas que no anotaban gol ni por error [pero eran aguerridos], torcía la boca y te guiñaba un ojo, como diciendo, «no te manches, agarra el pez».

Después de dejar el alma en la cancha, y hacer cimbrar la portería con travesaños de piedra o tabique —elementos que después reclamaba la impertinente doña Paty porque los habían agarrado de su mugriento y nada bello jardín—, los perdedores, dignos, «hacían la vaquita» e iban a la tienda de doña Bivi, para pagar el adeudo. Porque podías ser todo, menos un «rajón».

Ya todos hechos amigos de nuevo —porque en el campo de juego se desconoce a la banda—, iniciaba el proceso de auto-abandono, que consistía en ver, bajita la baisa, a las niñas que, según tú, «¡guácala que asco!» cuando te tocaba darle un nimio beso en la mejilla a alguna, en aquel palpitante juego de azar intitulado como «Semana Inglesa».

De alguna u otra manera, pocos minutos después —eso sí, las Lalitas ya habían pasado a mejor vida—, alguien se sacrificaba y lograba hacer un tratado de cualidades bilaterales, en las que ambas partes resultasen beneficiadas, con el objeto de interaccionar a través de las escondidillas, policías o ladrones o un trato de semejante naturaleza.

Al final, una aguafiestas tenía que «tirar Barbie» —generalmente la líder—poniendo fin al juego con tan sólo proferir de su asquerosa boca un «yo ya no juego, ya me canse», el cual bastaba para echar por tierra la ardua tarea de los sufridos cónsules, tanto de la delegación masculina como la femenina.

Ya disuelto el Tratado de Libre Juego de América Central (Tlijuac) por la odiosa mandamás —que en realidad no quería participar de las condiciones porque no encontraba ni con el menos agraciado un mínimo de química—, te retirabas resignado. No te dabas cuenta de los móviles, hasta ahora que los miras desde la distancia de los años.

La actitud de la líder —que violaba todo lo pactado—, obligaba a Laura y a Jaime a despedirse con la mirada: ya no podían tocarse, fingiendo que el representante de la ley intentaba arrestar a la bandida en calidad de prófuga del Centro Federal de Readaptación Social Femenil del Barrio Tolerancia; y así, varias historias más de pueril apego se iban al caño, por culpa de la fea esa: ojalá y la siga pasando igual.

Final y nefastamente, llegaba la hora de entrar a casa, cenar, preparar el horario y el uniforme para el día siguiente, ducharte y cepillarte los dientes, ir a la cama, soñar que «mañana» sería otro día y otra oportunidad para jugar con Melina, sucumbir de pies a cabeza, y conocer los beneficios que las bellas voces —acompañadas de palmoteos, risas y sonrisas— ejercen sobre tu constitución en crecimiento, al escuchar el tan ansiado:

Marinero que se fue a la mar y mar y mar, para ver que podía ver y ver y ver, y lo único que pudo ver y ver y ver, fue el fondo de la mar y mar y mar… (U otra rola del repertorio era): Había una paloma, punto y coma; que venía de Marte, punto y aparte. Que buscaba nido, punto y seguido. Pobre animal, punto final.

edd