E. T. A. Hoffman, artífice de lo siniestro
Hoy se cumplen 240 años del nacimiento del autor alemán, figura tutelar del romanticismo que influyó en Poe, Kafka y Dostoievski

CIUDAD DE MÉXICO.
Paradigma del autor romántico que sobrelleva una existencia tormentosa en tanto fragua una obra de genio, el funcionario de la justicia prusiana, músico, dibujante y escritor E. T. A. Hoffmann “conoció la miseria, el hambre y la desesperación”, como resume el filósofo y traductor español José Rafael Hernández Arias al prologar la novela Los elíxires del diablo (1815-1816), una “auténtica rara avis” de la literatura que penetra de manera escalofriante en los páramos de la escisión de la personalidad, y que Hoffmann volcó en papel en poco más de un mes mientras bebía con empeño y “se movía en las fronteras de la demencia, plagado de pesadillas, visiones, fobias y extraños síntomas”, preludio de la implacable sífilis que menoscabó su cuerpo hasta paralizarlo por completo, y lo obligó a dictar las últimas páginas de su legado literario, antes de que la muerte lo sitiara de forma definitiva en la ciudad de Berlín, el 25 de junio de 1822.
FANTASÍAS NOCTURNAS
Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann nació en Königsberg, capital de Prusia Oriental, el 24 de enero de 1776, pero años más tarde, puntualiza la filóloga y traductora Carmen Bravo-Villasante, renació a la literatura “después de alterar su tercer nombre por el de Amadeus, en homenaje a Mozart, su músico preferido”. Estudió la carrera de derecho y se desempeñó como jurista en los tribunales de Varsovia y Posen de 1804 a 1807. Los años siguientes trabajó como crítico musical y fue director de orquesta de una compañía de teatro que se presentaba en Dresde y Leipzing. En 1816 debutó en Berlín con la ópera Undine, para la que había escrito un libreto a partir de un cuento de hadas de La Motte-Fouqué. Considerada su composición más sobresaliente, tuvo gran repercusión en el desarrollo de la ópera del romanticismo alemán y anticipó la idea de “obra de arte total” que se atribuye a Wagner. Pero sus tentativas de ganarse el sustento con la música fracasaron, y Hoffmann tuvo que ocupar sin mucha convicción el cargo de magistrado en la Sala de lo criminal en Berlín. No obstante, desplegó una carrera extraordinaria como juez y, a decir de Hernández Arias, “sus informes y dictámenes constituyen un modelo de argumentación jurídica”.
Los empeños narrativos de quien firmaría su obra con el nombre de E. T. A. Hoffmann salieron a la luz con la publicación del cuento El caballero Gluck (1809). Después escribió y dio a la imprenta el volumen Fantasías a la manera de Callot (1815), en el que saca a escena la perversa figura de El magnetizador; y publicó Nocturnos (1817), del que formaban parte La casa vacía y El hombre de arena, una historia en la que Léo Delibes basó su ballet Coppélia, Freud la rumió para analizar “Lo ominoso”, y junto a las narraciones Consejero Krespel y El reflejo perdido sirvió a
Jacques Offenbach para componer la ópera Los cuentos de Hoffmann.
Su relato El cascanueces y el rey de los ratones (1816), en el que un grotesco juguete cobra vida como príncipe de un reino de maravillas edulcoradas, fue revisado por Alejandro Dumas en una versión a la que llamó Historia de un cascanueces (1844), misma que el compositor ruso Tchaikovsky usó para hacer la adaptación del ballet El cascanueces, estrenado en San Petersburgo en el invierno de 1892, y que a lo largo del tiempo ha llegado a ser uno de las más representados alrededor del mundo, debido a la popularidad que ganó luego de que fue utilizado para musicalizar un segmento del filme Fantasía de Walt Disney.
UN DOBLE MACABRO
Entre 1819 y 1921, Hoffmann publicó la colección de veintinueve cuentos en cuatro volúmenes titulada Los hermanos de San Serapión, que tuvieron su origen en las tertulias a las que el autor concurría, en una taberna berlinesa, para discutir sus planteamientos literarios con algunos de los escritores románticos más notables de la época, como Tieck, Von Arnim y Brentano. En esta obra, que el editor y escritor Jacobo Siruela considera “uno de los libros más raros del autor”, en la que “a través del vivaz diálogo de varios extravagantes personajes (se) van estableciendo las reglas del principio serafino, cuya primera premisa es que ‘toda narración debe ser fantástica’; es decir, debe saber despertar en el lector el sensual escalofrío que produce lo desconocido e inesperado”, aparecieron piezas macabras y magistrales como El huésped siniestro, Vampirismo y Los autómatas.
Como señala Marisa Siguan en el epílogo de la traducción al español —que realizó en colaboración con Eustaquio Barjau— de la obra Puntos de vista y consideraciones del Gato Murr sobre la vida en sus diversos aspectos y biografía fragmentaria del maestro de capilla Johannes Kreisler en hojas de borrador casualmente incluidas (1819-1821), en las historias del autor de La marquesa de Pivardière —que a veces se cita como un relato policiaco que precede a Los crímenes de la calle Morgue, de Poe—, por un lado “son frecuentes los personajes provistos de una inquietante duplicidad, de un doble misterioso” —de la calaña del siniestro monje Medardo y su “doble fantasmagórico” en Los elíxires del diablo—, y por otro, en ellas “la realidad cotidiana y anodina muestra un doble rostro (en la que) cualquier situación banal se puede convertir en clave cifrada para la aparición de un mundo fantástico y amenazador”. En dicha obra —que inspiró a Robert Schumann la pieza para piano Kreisleriana—, de título en exceso largo y minucioso, Hoffmann incluyó un prólogo “reprimido por el autor” en el cual, después de lamentarse de la herida provocada por “la fría censura de autores de reseñas”, advierte: “Si alguien fuera tan osado como para manifestar algunas dudas sobre el sólido valor de este libro extraordinario, que tenga en cuenta que se las habrá de ver con un gato que posee ingenio y razón, y también afiladas garras”.