Doña Elpidia, la abuelita de 95 años que armó la fiesta verde en el Mundial
Doña Elpidia viajó desde Veracruz para convertirse en el motor que encendió el ánimo de dos mil aficionados reunidos en la alcaldía Benito Juárez.

A sus 95 años, sentada bajo la carpa instalada en la explanada de la alcaldía Benito Juárez, comenzó a moverse con la música del grupo de salsa que abría la jornada, vestida con la camiseta de la Selección Mexicana. No había silbatazo, ni goles, ni estadio lleno. Pero ella ya bailaba.
Llegó invitada por su nieta desde Córdoba, Veracruz. La tarde apenas se armaba y el partido de México frente a Inglaterra todavía no comenzaba. Afuera, el cielo gris de la Ciudad de México amenazaba con enfriar todo y la lluvia caía por momentos; adentro, cerca de dos mil personas se refugiaban bajo la lona, ocupando las sillas frente a una pantalla gigante con la calma de una ciudad que se detuvo un rato para ver el partido.
El grupo intentó encender el ambiente, pero la explanada no respondió de inmediato. Muchos permanecían sentados. Algunos jóvenes miraban el celular. Las familias abrían tortas y hamburguesas compradas afuera. La tarde no explotaba: se acomodaba.
Entonces Elpidia volvió a moverse.
No necesitó que nadie la invitara. Desde su lugar siguió el ritmo con una sonrisa leve, como si la música no tuviera edad. Y alrededor de ella, el resto del mundo empezó a cambiar de ritmo.

Primero fueron las matracas, todavía tímidas. Luego algunos intentos de animar una ola que no terminó de recorrer toda la explanada. La batucada sostuvo el aire mientras el mariachi anunciaba que la tarde estaba a punto de romper su calma. Poco a poco, sin un momento exacto, la espera comenzó a transformarse: la explanada empezó a encenderse.
El retraso del partido por el clima alargó todo. La lluvia arreció afuera, pero la gran carpa mantuvo a la gente en su sitio; nadie se movió. Los animadores organizaron juegos, se regalaron balones y la convivencia dejó de ser una pausa para volverse parte del espectáculo.
Cuando el mariachi tomó el escenario, la temperatura del lugar terminó de cambiar. Varias voces se unieron a las canciones. Cielo rojo comenzó como un coro disperso, pero para cuando sonaron El rey y México lindo y querido, la explanada ya era un solo cuerpo que cantaba al unísono contra la tormenta. Para entonces, las camisetas verdes ya eran mayoría. La expectativa dejó de pesar: empezó a empujar.
La explanada ya no estaba esperando. Estaba encendida.
Las porras para México se hicieron más firmes y las matracas dejaron de ser tímidas. El espacio, que durante horas había sido frío y de espera, se convirtió por fin en tribuna.
Cuando se le preguntó a Elpidia qué esperaba del partido, no dudó:
—Que gane México.
Y en esa frase, sencilla, la tarde terminó de encontrar su forma.
El partido fue una montaña de emociones: momentos de tensión, gritos contenidos, silencios pesados y estallidos colectivos que iban y venían con cada jugada.
México terminó perdiendo 3-2 ante Inglaterra, pero el resultado no cerró la escena. La explanada respondió con un aplauso largo, sostenido, como si también fuera una forma de reconocer lo vivido más allá del marcador.
Y mientras la gente empezaba a levantarse, todavía bajo la carpa, se escuchó Cielito lindo. Primero disperso, luego más claro, hasta volverse un coro: “Ay, ay, ay, ay…”, que se fue apagando entre la salida lenta de la multitud.
Elpidia se levantó con calma. La gente comenzó a salir poco a poco. Afuera, la lluvia seguía. Adentro, el espectáculo continuaba, pero la mayoría ya había decidido irse con el partido todavía latiendo en el cuerpo.
No era el Ángel de la Independencia ni una multitud imposible de contar. Era otra cosa: una ciudad reunida bajo una carpa, donde una mujer de 95 años fue la primera en recordarle a todos que el Mundial no siempre empieza con el silbatazo. A veces empieza con un cuerpo que todavía se mueve al ritmo de la música.