El anteúltimo mohicano
Las anécdotas que han ido fomentando el mito a través de los años son infinitas.
El viernes pasado, desde Argentina nos llegó una tristísima noticia: el asesinato en contra de Tomás Felipe Carlovich.
El Trinche, como se lo conocía vulgarmente, fue quizás el mejor jugador de la historia que pudo ser, pero no quiso. Con solo un partido en 1ra división y un largo trajinar por el Ascenso en Argentina, aquellos que lo vieron jugar aseguran que tenía todas las condiciones para conquistar el universo futbolero.
Las anécdotas que han ido fomentando el mito a través de los años son infinitas, y el hecho de que casi no existan imágenes de sus hazañas con la pelota potenciaron la imaginación y abonaron su leyenda.
Lo mataron por robarle la bicicleta. Increíble. Mientras circulaba por Rosario, su ciudad natal, fue abordado por un grupo de delincuentes que lo tiraron al suelo generándole una conmoción cerebral al golpearse la cabeza, de la cual ya no pudo recuperarse y murió luego de 48 horas de agonía.
Su historia se popularizo hace unos años a través de Informe Robinson, un programa del Canal + de España, conducido por un exjugador inglés del mismo nombre que, paradójicamente, falleció unos pocos días antes. La estela de repercusiones mundiales que tuvo el deceso de este entrañable personaje, hijo de inmigrantes de la extinta Yugoslavia, nos hace reflexionar sobre qué significa el éxito en el futbol. ¿Jugar en primera? ¿Ganar títulos? ¿Hacer plata? A Carlovich no le hizo falta todo eso para convertirse en un objeto de veneración, casi un superhéroe en bicicleta. Se señala como su obra cumbre cuando formó parte de un combinado rosarino que enfrentó a la Argentina que disputaría el Mundial 74. Dicen que la rompió. Rosario, bajo la batuta del Trinche, ganó 3-1 y ridiculizó una selección plagada de estrellas como Babington, Brindisi o Houseman. La cancha de Newell’s, que proyectando todos los que atestiguan haber estado presentes esa tarde, se calcula albergó, mínimo, 3 o 4 millones de espectadores... La delincuencia, hija directa de la desigualdad que tristemente azota Latinoamérica, se llevó un jugador de culto que representaba mejor que nadie la esencia popular del futbol. Rosarino como Messi, el Trinche nos dejó habiendo escuchado hace unos meses del propio Maradona decirle que lo consideraba mejor que él. Una caricia al alma. Con su partida, en El Salvador nos queda un personaje que, salvando las diferencias, tuvo un talento y una historia futbolera coincidente; El Mágico González, quizás, ahora sí, el último de los mohicanos.
