Pecados capitales
El futbol ha vivido transformaciones a través del tiempo, de ser una disciplina amateur pasó a un deporte con muchas reglas establecidas para darle orden; de ser un deporte de caballeros, se ha convertido en una especie de teatro, en el que los futbolistas se la pasan ...
El futbol ha vivido transformaciones a través del tiempo, de ser una disciplina amateur pasó a un deporte con muchas reglas establecidas para darle orden; de ser un deporte de caballeros, se ha convertido en una especie de teatro, en el que los futbolistas se la pasan actuando, buscando con sus exageradas reacciones a faltas o a cualquier tipo de contacto de un rival, engañar a los árbitros. Como ninguna disciplina deportiva, el engaño es parte del juego y la marrullería es incluso aplaudida, los propios comentaristas llegan a criticar si a algún jugador le faltó “colmillo”; y los entrenadores piden a sus jugadores que pierdan tiempo, para así acercarse a una victoria. Esto, por obvias razones, le ha complicado la de por sí ya difícil tarea a los silbantes, quienes tienen que trabajar con atletas de alto rendimiento, que corren a alta velocidad, tras una pelota, que también es mucho más rápida que antaño.
Si le agregamos las modificaciones que la International Board ha realizado a algunas reglas, entonces la labor se dificulta, ya que, en cuestiones de segundo, deben tomar decisiones en las que no sólo aplican fundamentos básicos de las mismas, también debe utilizar su criterio y presuponer qué quería hacer el jugador.
La FIFA decidió traer al futbol el uso de la tecnología: el ojo de halcón y el VAR fueron introducidos con la intención de traer justicia y ayudar a los silbantes, su incorporación me parece extraordinaria. Aunque en el caso de la asistencia de video, su uso en muchos casos no ha sido el correcto, generando mayor confusión. Ahora su aparición trajo consigo una neblina de dudas al gremio arbitral. Un país en el que esto ha sido evidente es México, donde, en lugar de herramienta, se ha transformado en el árbitro sin silbato. Con esto me refiero a que los árbitros no son firmes en sus decisiones y prefieren que el VAR pite por ellos, usándolo de manera incorrecta.
El ejemplo perfecto es el penal señalado por César Arturo Ramos en contra de los Pumas. Acción en la que, estando perfectamente ubicado y sin obstrucción a su visión, decide no señalar nada, pero después recibe la llamada de la cabina de video, ahí le piden que revise la jugada y, en lugar de ser firme con lo que decretó, va a la pantalla para marcar un penal que él había decidido no pitar; algo imperdonable sin importar si la decisión fue o no correcta.
Ahí quedan de manifiesto los vicios en los que los silbantes nacionales han caído desde la llegada del VAR. De por sí las cosas no marchaban bien y ahora, a la falta de carácter, de aplicación correcta del reglamento y a que utilizan criterios dispares, ahora hay que agregar la dependencia al VAR y su pésimo uso, como los más grandes pecados capitales de nuestros árbitros.
