Pérdida como pocas
Han existido atletas que destacaron por encima del resto, que se convirtieron en los ídolos a emular, en aquellos personajes cuya leyenda se mantendrá viva por siempre, en la memoria colectiva hasta de los que no encuentran en los deportes, una pasión especial. Logran ...

Juan Carlos Veraza
El deporte por nota
Han existido atletas que destacaron por encima del resto, que se convirtieron en los ídolos a emular, en aquellos personajes cuya leyenda se mantendrá viva por siempre, en la memoria colectiva hasta de los que no encuentran en los deportes, una pasión especial. Logran trascender el tiempo, para estar siempre presentes entre nosotros.
A través de documentos históricos, de programas de televisión y de forma muy importante, gracias a los relatos de aquellos que pudieron ser testigos de una forma u otra de sus hazañas, los que no tuvimos la fortuna de disfrutar de aquello que los hizo grandes, conocemos detalles de sus extraordinarios logros.
Eso me ocurrió con Muhammad Ali, genio del pugilismo, activista social, filántropo por convicción y referente de un deporte que extraña a personajes como él. Aquel que ganaba siempre en las conferencias de prensa, para luego sustentar sus palabras con actuaciones, que el día de hoy siguen generando conversaciones entre cualquiera que esté dispuesto a dedicar un rato a platicar sobre lo que transformó al box, en un negocio multimillonario.
En incontables charlas con mi papá y mis hermanos sobre deportes, el boxeo ha encontrado su lugar. Entre tantos intercambios de ideas, anécdotas y discusiones de la familia Veraza, pude llegar a conocer sobre el gran Cassius Clay y su camino al estrellato.
Aprendiendo de su triunfo que sorprendió al mundo, siguiendo con asociación al movimiento de la Nación del Islam en Estados Unidos. De esa forma entendí su enorme convicción religiosa, que lo llevó a cambiar su nombre de “esclavo”, por el que llevó hasta el día de su muerte el pasado viernes por la noche.
Claro, sin olvidar su rotundo no a pelear en Vietnam, generando en su contra muchas críticas y animadversión en su propio país, al que había representado de manera brillante años atrás en los Juegos Olímpicos de Roma. Este hecho que, como es bien sabido, le trajo consecuencias importantes, entre ellas ser sentenciado a presión (aunque saldría bajo fianza) y perder su licencia de boxeador, situación por la que perdió tres años y medio de carrera, justo en su mejor momento como púgil.
Recuerdo escuchar a mi padre y a mi hermano mayor contarme detalles de su legendaria rivalidad con Joe Frazier, sobre cómo modificó su estilo para destronar al poderoso y siete años más joven George Foreman en su famoso combate en Zaire. Sus grandes triunfos y sus dolorosas derrotas, fueron parte de mi educación sobre el box.
A todo lo que aprendí de esa forma, se sumaron interesantes documentales que me permitieron ponerle imágenes a tantas palabras sobre un hombre de excepción, que supo trazar su propio camino, dejando una senda que nunca podrá ser caminada por otro.
Sin haberlo visto pelear, Muhammad Ali siempre ha vivido en mi mente como el más grande. Su vida es un ejemplo de cómo ser auténtico, su adiós, una pérdida como pocas en la historia.