Recuerdos
De la paleta de colores y con el cincel de la imaginación cada radioescucha pintaba o esculpía la imagen de los héroes deportivos. La radio era un miembro de la familia, ocupaba un sitio especial; por unas horas, el primero en jerarquía, al que se le escuchaba con ...
De la paleta de colores y con el cincel de la imaginación cada radioescucha pintaba o esculpía la imagen de los héroes deportivos. La radio era un miembro de la familia, ocupaba un sitio especial; por unas horas, el primero en jerarquía, al que se le escuchaba con atención. Alrededor, en contraste con el actual papel pasivo del televidente, fabricaba, creaba, recreaba y transformaba la dinámica de los acontecimientos con el estímulo del lenguaje y la voz del locutor o de los actores. La radio era el puente comunicante de la provincia con el Distrito Federal y de México con el resto del mundo.
La magia de la radio, con el ojo verde que, al cerrarlo en línea oscura, alcanzaba la mejor sintonía, transportaba a una dimensión fantástica. Era asombroso escuchar música y otras lenguas, en el intermitente, parpadeante y lejano sonido de la onda corta. En la década de los 50, las noticias se difundían en la radio, en los periódicos y en el cine; el noticiario Ema. Algunas llegaban como un eco distante, otras eran de magnitud homérica. La victoria en maratón del etíope Abebe Bikila, descalzo, bajo el arco de Constantino, en la Ciudad Eterna, los episodios olímpicos memorables en la ilustrada pluma del español don Antonio Huerta.
En la radio, el abanico en noticias y entretenimiento era amplio: El doctor IQ, de Jorge Marrón, Carlos Lacroix, “¡Dispara, Margot, dispara!…”, Apague la luz y escuche —aquel anuncio: de Sonora a Yucatán, sombreros Tardán—, Aunque usted no lo crea. XEQK, la hora exacta. Cuca, la telefonista. 6.20, XELA, RC.
En el cine, la icónica imagen de Weissmüller, campeón olímpico de natación, Tarzán hollywoodense, deslizándose con rapidez en los ríos, su grito dominante de triunfo, amenaza, advertencia y espectaculares saltos de liana en liana. En la matinée,
vaqueros, guerra, aventuras. En la radio, la pelea de Joe Louis vs. Joe Walcott en repercusión de gigantes, enlace con el legendario Madison Square Garden de Nueva York.
El paso de la imaginación a la realidad, al conocimiento físico de los héroes, de carne y hueso, causó tan singular asombro que podría compararse al que vivió Aladino en el jardín mágico de árboles que, en lugar de frutas, estaban cuajados de perlas, rubíes, esmeraldas. En 1965, durante la primera Semana Internacional, el México deportivo frotó la lámpara maravillosa. Aparecieron Don Schollander, Mark Spitz, Mike Burton. Y en el 68, en el Valle de Anáhuac, los dioses del estadio, Kipchoge Keino, Fosbury, Beamon con su 8.90 el Salto del Siglo XXI, The Black Power Tommie Smith, John Carlos; el hércules soviético Zabotinsky, el monarca de los pesos completos George Foreman, la reina Věra Čáslavská, el italiano Dibiasi.
El contacto deportivo era por cuenta gotas, pero acaso con mayor intensidad que ahora. A fines de los 50, las prácticas de esgrima del pentatleta Ígor Nóvikov llevaron centenares de aficionados a la Arena México y se inundaba con la quinteta The Harlem Globetrotters. Se admiró en CU en el pentagonal, al River Plate, con Néstor Rossi, Labruna y el arquero Carrizo; rociaron de cuero 6-1 al campeón Zacatepec, perdió ante el Guadalajara, con gol del Mellone Gutiérrez; quedó grabado el choque del Santos de Pelé con el Uda Dukla de Masopust. Y no se olvida al Botafogo, con el divino cascorvo Garrincha que, con su dribling hechicero, derribaba laterales sin tocarlos.
Luminarias de los JO del 68 llegaron ayer a la Ciudad de México con el fin de participar, hoy, en los festejos del 50 aniversario. Por la memoria desfilan recuerdos dorados.
