Años fascinantes

El periodo que abarcó cuatro años, de 1964 a 1968, fue de lo más fascinante en la prueba de los 1,500 metros nado libre. El australiano Murray Rose, el primer hombre que nadó por debajo de los 18 minutos, había arañado los 17 minutos en Palo Alto 17.01.8, en una ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

El periodo que abarcó cuatro años, de 1964 a 1968, fue de lo más fascinante en la prueba de los 1,500 metros nado libre. El australiano Murray Rose, el primer hombre que nadó por debajo de los 18 minutos, había arañado los 17 minutos en Palo Alto (17.01.8), en una competencia en la que Guillermo Echevarría terminó en cuarto lugar, en 17.10.8. La hazaña de romper los 17 minutos correspondió al estadunidense Roy Saari, 16.58.7, en Nueva York, luego, su compatriota Stephen Krause la redujo en una décima de segundo y de repente un salto espectacular con el empujón de Mike Burton, La Máquina de Nadar, que llevó el RM a ¡16.41.6!, en Oak Park, el 13 de agosto de 1967, y a 16.34.1, en Lincoln, Nebraska. Se vivía la creciente euforia de la proximidad de los JO de 1968 enlazada con una extraordinaria decisión: la organización de las Semanas Deportivas Internacionales en 1965, 1966 y 1967, que sirvieron de fogueo para los atletas mexicanos y de ensayo en diversos campos de estrategia en comunicaciones, transporte, alimentación, instalaciones, el funcionamiento de la Villa Olímpica, con el impacto que causó en los periodistas mexicanos la experiencia de conocer físicamente, de carne y hueso, a los grandes héroes y plusmarquistas mundiales de las disciplinas olímpicas. Maravillosa realidad. En la esfera acuática al gran atractivo de la pugna en los 1,500 m nado libre se sumó la lucha por el RM de los 400 m libres. La energía, la inteligencia, de Don Schollander, Mark Spitz, Alain Mosconi, el alemán Frank Wiegand, el canadiense Ralph Hutton y otros destrozaron 13 veces el RM; los espectadores se encandilaban con las brazadas mágicas que proyectaron los ocho estanques de 4:12.7 a 4:06.5. Se frotaban las manos y se disparaba la imaginación al acariciar lo que iba a suceder en los JO de 1968. El 7 de julio de 1968, Guillermo Echevarría se sumó a los inmortales de los 1,500 m al penetrar en las regiones de distancia y tiempo a las que ningún ser humano había logrado: 16.28.1, ¡seis segundos más rápido! que Mike Burton, el más notable de todos los tiempos. Unas horas antes, el astro mexicano puso a temblar el RM mundial de Mark Spitz a tan sólo tres décimas. Las demostraciones alentaron las esperanzas en una atmósfera de lo más expectante. En 1967, no obstante que Echevarría en los J. Panamericanos de Winnipeg cronometró 4.21.43 para un quinto sitio en los 400 m y 17:07.32 para un cuarto sitio, el autor de estas líneas escribió en el diario ESTO la perspectiva de que Echevarría podría nadar en 16.25 y 16.30. El avance global de la selección nacional con los conocimientos científicos de Ronald Johnson, uno de los alumnos más distinguidos de James Counsilman, presagiaban actuaciones luminosas para el 68 en un grupo en el que figuraban Felipe Tibio Muñoz, María Teresa Ramírez, Gabriel Altamirano, Rafael Hernández, Juan Alanís, Laura Vaca.

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