Rapidez

La carrera atlética establece un hilo conductor con el centro de emoción de la mente que podría relacionarse directamente con los recuerdos remotos, impresos e indelebles, en el doble papel del hombre en su carácter de depredador y presa, y en lo más íntimo de su ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

La carrera atlética establece un hilo conductor con el centro de emoción de la mente que podría relacionarse directamente con los recuerdos remotos, impresos e indelebles, en el doble papel del hombre en su carácter de depredador y presa, y en lo más íntimo de su fisiología en la carrera del espermatozoide que va a fecundar el óvulo. La carrera proyecta una corriente eléctrica que toca las fibras más sensibles del corazón. Nadie es capaz de permanecer impasible ante la rapidez agonal del ser humano y menos en un estadio cuando los espectadores son sinapsis que encienden en fogonazos ante el esfuerzo muscular de los meteoros humanos.

La rapidez crepuscular de la centella caribeña Usain Bolt agitó el estadio olímpico de Londres. Su significativo adiós de las pistas alcanzó un sentido de mayor trascendencia y sentimentalismo. El privilegio de presenciar la última carrera del hombre más rápido del planeta intensificó el atractivo de los 100 m planos.

Ocupó el tercer lugar en 9.95, después de los estadunidenses Justin Gatlin (9.92) y Christian Coleman (9.94), el musculoso veinteañero que se transformó en punta de lanza para vencer a Usain Bolt. Lo recordarán los aficionados: el 6 de junio, en la pista Haywardfield de Eugene, Oregon, Coleman, de 21 años y tres meses, puso los focos en rojo al cronometrar 9.82, contra el 9.95 de principio de temporada del astro Bolt, y se transformó en el más rápido a su edad y en el noveno especialista de todos los tiempos.

Lo inesperado, realmente, fue el triunfo de Justin Gatlin. Se lanzó a la victoria con brutal aceleración a los 70 metros. Era una saeta con alma de potente locomotora. El registro de Gatlin es el quinto más lento desde que el CM de la IAAF se inició en Helsinki en 1983, con el triunfo de Carl Lewis en 10.07.

La final más rápida de la historia sigue siendo la del CM de Tokio 1991, cuando seis meteoros rompieron los 10 segundos: Carl Lewis, 9.86; Leroy Burrell, 9.88; Dennis Mitchell, 9.91; Linford Christie, 9.92; Frankie Fredericks, 9.95, y Raymond Stewart, 9.96.

Este año sólo Coleman corrió por debajo de los 9.90. Para efectos aritméticos y estadísticos, se puede prescindir de este dato. La emoción de la prueba se produce en la electricidad que proyecta. El ojo humano no puede discernir ni valorar la rapidez del atleta. El espectáculo y la emoción nacen en función a la energía agonal, sin relación con el crono, cuya lectura es referente del valor atlético, de la clase.

Llega la información de que Bolt se sintió ofendido porque una comunicadora manifestó que los tiempos lentos tendrían que ver con los controles antidopaje. “Fue una final lenta, pero el espectáculo ha sido grandioso”, concluyo Bolt, acaso en una posición equivocada.

Como Gatlin fue suspendido por dopaje por cuatro años y (Bolt es un diamante de fair play en un entorno de bosta, sus principales compañeros se han dopado) bien haría la IAAF, Sebastian Coe, en ordenar que los análisis antidopaje se den a conocer lo más pronto posible.

Gatlin cumplió su sanción y ha sido reinsertado al atletismo. Los abucheos del público en el estadio revelan que miles de ojos lo observan con sombras y dudas. Si corrió limpio en la pista olímpica, expresará un triunfo personal, pero si se dopó, qué terrible sería para él y para el atletismo.

Por otra parte, el hombre da elasticidad a las reglas. Si se aplicasen al pie de la letra, Mo Farah, en su admirable demostración en los 10,000 m, debió ser descalificado tras de que pisó fuera del cordón a la altura de los 9,700 metros.

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