La lección de los vencidos

Lo imposible, lo nunca antes visto, sucedió con matices eléctricos en el partido BarcelonaParís SaintGermain, pero, a diferencia de la victoria de los Patriots de New England en el Super Bowl, con una remontada espectacular, el juego del miércoles nos deja otra cara: la ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Lo imposible, lo nunca antes visto, sucedió con matices eléctricos en el partido Barcelona-París Saint-Germain, pero, a diferencia de la victoria de los Patriots de New England en el Super Bowl, con una remontada espectacular, el juego del miércoles nos deja otra cara: la lección de los vencidos, aun cuando millares de espectadores y fanáticos en el Camp Nou y frente a la pantalla de cristal hayan festejado estruendosamente con la garganta bien aceitada el triunfo azulgrana.

Parecía imposible dar un vuelco al 4-0, pero lo imposible tomó forma de realidad. No había antecedentes en la Champion League de un equipo que remontase esa diferencia. Y con esa idea el entrenador vasco Unai Emery, trazó un plan totalmente equivocado en el que se combinó la arrogancia y la estolidez con lo estadístico. El París Saint-Germain, con futbolistas de clase, saltó a la cancha a exhibir un juego ratonero. Replegó las líneas e incluso entre el noveno y décimo minuto los 11 futbolistas franceses defendían dentro del área grande. Cedieron el espacio, dejaron la pelota y la iniciativa en los pies de los jugadores del Barça.

Hay reglas escritas y no escritas que indican que, cuando se alcanza ventaja, se tiene la obligación de atacar; de lo contrario, la falta de presión o dinamismo puede servir de estímulo aun al adversario más débil. Si en la lucha se acepta el riesgo, se puede perder, pero si no se arriesga, se va a perder.

En toda manifestación atlética, deportiva, en las batallas, te puede derrotar el adversario. Las energías no se gastan para que el competidor se derrote a sí mismo, como le sucedió al PSG. Si no se sale a luchar, la competencia pierde todo sentido. En la competencia deportiva, que es feroz, hay vasos comunicantes sicológicos, instintivos, animales, del depredador y de la presa.

En la derrota del PSG se registran una conjunción de elementos de lucha, inspiracionales en la racha motivacional que aparece en la secuencia de los juegos, de los aciertos que desdoblan la energía física, mental y empujan al actor a romper sus límites, acciones aleatorias acaso en la naturaleza del futbol soccer ninguno contenga tantas: el talón de Iniesta que golpeó el cuero y lo hizo rebotar en Kurzawa, quien anotó en su propia meta, el segundo gol.

Cuando el Barcelona tomó ventaja de 3-0, el PSG reaccionó diez minutos y recortó con disparo de Cavani. El Barcelona estaba fulminado. El manto de silencio de hielo cubrió el Camp Nou. Emery saltó dos veces y se abrazó y festejó, creyendo que tenía la victoria. Los culés necesitaban tres goles para calificar a los cuartos de final de la Champion League.

La hermosa parábola, artística, un poema de gol de Neymar puso los cartones en 4-1. Y como lo dijo alguien, fue como que le volvió el alma al cuerpo del Barcelona. Segundos antes había que ver el rostro de angustia y desesperación del entrenador Luis Enrique, de Piqué, de Messi, de Luis Suárez, estaban maquillados por el espectro de la derrota y la incertidumbre. Y faltaban dos minutos de juego.

Las limitaciones arbitrales escribieron el epitafio del PSG. El futbol prefiere la falibilidad a la tecnología; venera la costumbre por lo subjetivo. El árbitro turco-alemán Aytekin marca y no marca. Penal, lo anota Neymar, 5-5. Otra parábola de Neymar que bombea y Sergi hace posible lo imposible. 6-5.

Como Grouchy en Waterloo, Emery no quiso atacar. Es la lección que dejan los vencidos del PSG. Pusieron su destino en el adversario.

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